En un comunicado, el presidente de Bolivia llamó al enfrentamiento civil mediante un discurso claramente racista, en el que garantizaba la colaboración militar e incluso judicial a un grupo de bolivianos, mientras negaba y anulaba a otro utilizando los términos “bolivianos del futuro” y “bolivianos del pasado”. Con esta última expresión se refería a los marchistas, minimizándolos como un grupo reducido, insignificante y carente de valor humano, al que, según él, la historia no mencionaría.
Poco después de haber circulado, el presidente eliminó el comunicado de las redes sociales, como quien esconde la mano después de lanzar la piedra, como un verdadero cobarde. Sin embargo, su mensaje llegó a donde tenía que llegar: al núcleo fascista y oligárquico, cargado de odio hacia el “indio”, que disfruta de privilegios, se considera blanco y, por lo tanto, superior, sería interesante ver poner a prueba su blancura en el norte del continente o en Europa.
Así fue como el pasado fin de semana el violento grupo que se hace llamar “La Unión Juvenil Cruceñista”, armado con machetes y otras armas, y bajo la influencia de drogas, atacó a comunarios en la región de San Julián. Como resultado, un comunario fue asesinado con un machetazo en la frente. Pero la prensa no lo menciona; una prensa cómplice de esa y de otras muertes que tampoco aparecen en sus medios oficiales, como si esas vidas no tuvieran ningún valor.
Lo que sí difunden es una imagen tergiversada de las marchas. Las presentan como violentas y victimizan a la población urbana, sembrando el miedo mediante una narrativa que reduce a los marchistas a unos cuantos vándalos supuestamente pagados por el expresidente Evo Morales, quien al mismo tiempo es perseguido por diversos delitos sin que se hayan presentado pruebas concluyentes.
El arma mediática trasciende incluso el ámbito internacional, repitiendo como un eco las mentiras generadas por los centros de desinformación bolivianos. No es casualidad que en muchos países europeos apenas se mencione la rebelión boliviana y que, cuando se hace, se la reduzca a un pequeño grupo manipulado que apoya a Evo Morales. Además de silenciar la represión y los martirios, tampoco se explica en los medios internacionales quiénes marchan, quiénes bloquean, qué demandan ni qué exigen.
No dicen que desde diferentes puntos del país se suman comunidades campesinas que defienden su derecho a la tierra; maestros y obreros que reclaman incrementos salariales prometidos; y mineros que llevan siglos trabajando en condiciones precarias mientras empresarios extranjeros llenan sus bolsillos gracias al sacrificio de quienes extraen la riqueza del subsuelo.
Todos ellos defienden los recursos nacionales y exigen la renuncia de un presidente que un día se acercó a las comunidades vistiendo un poncho rojo, como si fuera una simple prenda de vestir, cuando en realidad es un símbolo aymara de resistencia y dignidad. Aquel hombre lo utilizó para ganarse el voto comunal. Ahora es el mismo que llama “vándalo” y “salvaje” al poncho rojo, al pueblo que traicionó con medidas y leyes que amenazan su acceso digno a la tierra que trabaja honestamente. Lo llama “boliviano del pasado”, negándole simbólicamente su derecho a existir con dignidad, y califica sus demandas de “terrorismo” y “narcoterrorismo”.
El gobierno de Rodrigo Paz, sin embargo, se siente empoderado. Cuenta con el apoyo de su padrino Trump, del Estado de Israel y de sus aliados. Cuenta también con estrategias de inteligencia made in USA. Por eso no resulta casual que se repitan patrones similares a los observados en Palestina ocupada: alimentar el odio dentro de un sector de la sociedad, sembrar miedo y cansancio, otorgarle el papel de víctima, manipular los medios de comunicación y fabricar enemigos internos.
Los actos de resistencia son presentados como actos terroristas. Se filtra lo que sucede y se desfigura su significado en los medios internacionales. Son estrategias destinadas a criminalizar y minimizar la lucha social, que finalmente desembocan en la promulgación de leyes y estados de excepción que otorgan al ejército y a la policía facultades para detener y disparar contra el pueblo movilizado, todo ello con el consentimiento de ciudadanos previamente adoctrinados en el odio.
Es el odio al indio, tolerado únicamente cuando ocupa un papel de servicio y subordinación, pero condenado cuando se atreve a tomar las riendas del futuro del país, un privilegio que, según esa lógica colonial, estaría reservado exclusivamente para la élite oligárquica.
¿Y el soldado? ¿Y el policía? También subordinados. Hijos de indígenas que terminan disparando y obedeciendo órdenes contra sus propios ancestros. Adiestrados para no sentir dolor ni empatía, deshumanizando a su propia gente.
Invisibilizar en el extranjero lo que está ocurriendo es dar vía libre a una masacre. Así ha ocurrido en numerosos momentos de la historia, contra los mismos actores y bajo las órdenes de quienes hoy apoyan o ejecutan agresiones genocidas de limpieza étnica contra pueblos como los de Líbano, Palestina, Cuba y tantos otros que se atreven a resistir de pie y de manera soberana.
Los pueblos que no duermen deberían unirse a esta lucha: denunciando, visibilizando estas injusticias, ocupando las calles y gritando con una sola voz su derecho a existir en libertad.
Y quienes pidieron a gritos la promulgación del estado de excepción, cuando puedan sentarse a comer tranquilamente su plato de pollo con papas, deberían recordar que ese alimento está manchado con la sangre de sus hermanos.
Y para Occidente, que apenas tiene una vaga idea de lo que sucede en ese país lejano llamado Bolivia, conviene recordar que posee una de las mayores reservas de litio del mundo, el mismo mineral utilizado para fabricar las baterías de muchos dispositivos tecnológicos. Un recurso hoy codiciado por quienes financian guerras y buscan apropiarse de él.
Cada vez que abras una pantalla, piensa que hay sangre derramada detrás de muchos de los recursos que alimentan el mundo moderno. Sangre de personas de aquel lejano país llamado Bolivia que, según esta visión, están muriendo mientras defienden sus recursos y su soberanía.
Y a los jilatas y kullakas de los pueblos que resisten en todo el mundo, no habrá paz sin justicia, el ayni en nuestra cultura boliviana se aplica al trabajo comunitario, gracias a ese sistema mi país puede organizarse de forma articulada a nivel nacional. Somos millones y siempre volveremos, hasta la victoria siempre.
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