![]() |
Consumir es cómodo. Incluso la educación se ha transformado en un bien de consumo: ofrece relatos digeribles, tranquilizadores, diseñados para no incomodar. En las clases de historia se habla de territorios “descubiertos”, de riquezas conquistadas, de la exportación de la religión, la ciencia y la civilización. También se habla del dolor, sí, pero de ciertos dolores: el Holocausto o ese que expone Hollywood con Vietnam, o aquel que sintieron los reyes con las guerras independentistas., por ejemplo. Otros duelen menos en el relato dominante. Porque el sufrimiento parece adquirir valor universal solo cuando es “made in Occidente”.
Nadie quiere ocupar el lugar del villano. Si se causó daño, mejor no nombrarlo. Seguir adelante como si no existiera. Pero existe. El colonialismo no es un capítulo cerrado, sino una continuidad. Cambian los actores, no el guion. Y la historia —esa que se supone superada— insiste en repetirse.
Volví a Bolivia —mi casa, mi tierra— para ver a mi gente. “Mi”, no en sentido posesivo, sino como pertenencia compartida. Este viaje fue distinto. Fui con mi madre, para acompañarla en sus trámites y, quizás, para acercarme a ella. Algo de eso ocurrió. Pero también hubo otra constatación: el retorno ya no conducía a un lugar que me esperaba. Ese “seno familiar” se había ido reduciendo hasta desaparecer. Lo sabía, pero no por eso dolió menos.
El contexto tampoco era ajeno. Llegué en medio de un clima político enrarecido, tras elecciones presidenciales que dejaron más preguntas que certezas. Antes de viajar, la noticia de la caída de un avión en El Alto —que transportaba dinero— ya había circulado. No le presté demasiada atención hasta que, al llegar y pagar mi mate de coca, revisaron minuciosamente un billete de 20 bolivianos en el aeropuerto: menos mal no pertenecía a la serie B.
Después supe lo ocurrido. Tras el accidente, la gente corrió a recoger los billetes que caían del cielo. Hubo muertos, heridos, víctimas que no fueron auxiliadas. La condena social fue inmediata: “barbarie”, “mezquindad”, “esa gente”. Lo que siguió fue igual de previsible: prohibición de los billetes (de la serie B que se estaba transportando) y sanción moral. Ninguna pregunta. Ningún intento por entender. Es más fácil juzgar con el estómago lleno.
Un mes después, la medida ya era rutina. Quedaba la duda de si alguien recordaría el origen.
Busqué espacios de conversación: foros, encuentros, debates. Temas urgentes —transparencia informativa, organización comunal, procesos electorales— tratados con rigor por voces reconocidas. Pero las salas estaban casi vacías. Más que ausencia de público, percibí una desconexión: compromiso a medias, política sin base. Tal vez fue solo una impresión.
En la calle, la intensidad se expresaba de otra manera. El fútbol movilizaba más que cualquier discusión pública. La ilusión de clasificar al mundial, seguida de la decepción compartida. También hubo protestas: contratistas impagos, bloqueos de transportistas por combustible adulterado que arruina sus herramientas de trabajo. Reclamos legítimos asumidos por la mayoría con resignación, como una molestia más, sin reconocer que, en el fondo, interpelaban a todos.
Las elecciones subnacionales llegaron con ese telón de fondo, el día esperado: el de acudir a las urnas y ejercer un derecho democrático. Yo fui como acompañante, ya que, al no ser residente, no puedo votar. Muchos de los votantes acudieron sin tener decidido su voto, como quien va al matadero. Había demasiados candidatos, y los debates se caracterizaron por la escasa participación y los insultos.
Así, en La Paz, ganó para alcalde un candidato apellidado Dockweiler, cuya imagen de campaña se vinculaba al Teleférico (proyecto impulsado durante el gobierno del MAS), aunque en entrevistas evitaba definirse como masista o de izquierda, calificándose como “humanista” y prometiendo reducir la burocracia.
Creo que muchos “jailones” votaron por él, porque la burocracia y la corrupción siguen profundamente arraigadas en la atención pública. Lo viví antes y lo volví a vivir ahora, acompañando a mi madre en sus trámites: madrugando para obtener una ficha, esperando horas para un documento que ni siquiera estaba directamente relacionado con su gestión de jubilación. Llegué a las 5 a. m. y ya había personas esperando desde la 1 a. m., y aun así se agotaron las fichas.
Cuando estaba a punto de unirme a quienes ya bloqueaban la calle exigiendo atención, me dijeron que en la Zona Sur atendían más fácilmente. Y era cierto. La Zona Sur es una burbuja dentro de la ciudad de La Paz: tiendas modernas, casas amplias, bares con terrazas y calefacción.
Sus gentes se parecen mucho a las que describe Víctor Jara en una de sus canciones. En Bolivia las llamamos “jailones” (high). Si se les pregunta por su peor pesadilla, narran el trauma de los días posteriores al golpe de 2019 —aunque ellos lo nombren de otra manera—, cuando los alteños bajaron gritando: “¡Ahora sí, guerra civil!”.
Ellos dicen que los alteños, los aymaras, son unos “salvajes resentidos”; otros los llaman “hueso duro de roer”. Los jailones usan palabras como heavy para expresar gravedad y admiran a Europa y su “civilización”, convencidos de que allí las cosas se hacen bien.
Lo que no saben —y yo sí— es que en Europa también hay burocracia y corrupción, y que muchas veces la gente paga un “extra” para acelerar sus trámites. ¿Seremos nosotros quienes exportamos esa costumbre?
Otro día vi a alguien tirado en el suelo, en una esquina. Parecía muerto. Me acerqué: respiraba. Me sorprendió que nadie más lo hiciera, que nadie se detuviera siquiera a preguntarse lo mismo que yo. Todos pasaban indiferentes, como si no lo vieran. Vi esa escena como vi también a los jailones más altivos que nunca en contraste con la mirada triste y dura —con su coquita en la boca— de quien carga los bultos en el mercado para otros. Por momentos, parece que Bolivia nunca hubiera tenido un presidente indígena ni que hubiese existido un proceso de reivindicación de los pueblos originarios.
Y será que desconocen que, sin embargo, otras formas de organizar la vida, aymaras, ancestrales: el ayni, la minka, el athapi, el waki, el apxata, el yanapanakuy. son prácticas comunitarias que sostienen vínculos donde el sistema ha impuesto competencia. Formas de vida que, incluso hoy, cuestionan las lógicas dominantes y el mismo Marx habría envidiado.
Cuando me preguntan con qué etnia me identifico, respondo: aymara. No por una idea romántica de pertenencia, sino por una herencia menos cómoda: el dolor y lo que le sigue: la rabia. La memoria de lo que fue arrebatado.
Un dolor que no es exclusivo. Lo comparten los descendientes de pueblos esclavizados, quienes han sido expulsados de sus territorios, quienes han visto su historia narrada por otros. Quien lo perdió todo en su tierra palestina lo sabe: no es solo la pérdida material, es el despojo de la dignidad, de la memoria y de las formas de existir, muchas veces negado o contado desde afuera.
Es un dolor que persiste porque ha sido negado. Minimizado. Traducido desde afuera.
Y no, no es un capítulo cerrado.
No dejaremos que lo sea sin reconocimiento ni justicia. Por las buenas o por las malas, si es necesario. Porque mientras los culpables no asuman su responsabilidad, no devuelvan lo arrebatado y nuestras vidas no valgan lo mismo que las vidas “blancas”, no habrá paz.
En mi equipaje traje, entre otras cosas, un método y un diccionario aymara. No sé si aprenderé la lengua como quisiera, pero algo quedó claro: hacía tiempo que no me sentía tan en casa.
Y no era un lugar.
Era la conciencia de pertenecer.
🇬🇧 Globalized dehumanization
That this side of the world has strategically developed an individualistic system, based on consumption as a way of existence—“tell me what you consume and I’ll tell you who you are,” “tell me what brand you use and I’ll tell you which neighborhood you live in”—is not surprising. The screen doesn’t just entertain: it also protects. It prevents us from looking around and realizing we are not alone. Consuming is comfortable.
Even education has been turned into a consumer good: it offers digestible, reassuring narratives, designed not to disturb. In history classes, we speak of “discovered” territories, conquered wealth, the export of religion, science, and civilization. We also speak of pain, yes, but of certain pains: the Holocaust, for example, or the one Hollywood portrays through Vietnam, or the suffering of kings during independence wars. Others hurt less in the dominant narrative. Because suffering seems to acquire universal value only when it is “made in the West.”
No one wants to occupy the place of the villain. If harm was caused, it is better not to name it. To move on as if it did not exist. But it does exist. Colonialism is not a closed chapter, but a continuity. The actors change, not the script. And history—supposedly overcome—keeps repeating itself.
I went back to Bolivia—my home, my land—to see my people. “My,” not in a possessive sense, but as shared belonging. This trip was different. I went with my mother, to accompany her through her paperwork and, perhaps, to get closer to her. Something of that happened. But there was also another realization: returning no longer led to a place waiting for me. That “family core” had shrunk until it disappeared. I knew it, but that did not make it hurt less.
The context was not foreign either. I arrived in the middle of a tense political climate, after presidential elections that left more questions than answers. Before traveling, the news of a plane crash in El Alto—which was carrying money—had already circulated. I didn’t pay much attention until, upon arrival, while paying for my coca tea, a 20-boliviano bill was carefully inspected at the airport: luckily, it was not from the B series.
Later I learned what had happened. After the accident, people rushed to collect the bills falling from the sky. There were deaths, injuries, victims who were not assisted. Social condemnation was immediate: “barbarism,” “greed,” “those people.” What followed was equally predictable: banning the B-series bills and moral punishment. No questions. No attempt to understand. It is easier to judge with a full stomach. A month later, the measure had become routine. The question remained whether anyone would remember its origin.
I looked for spaces for conversation: forums, gatherings, debates. Urgent topics—media transparency, community organization, electoral processes—handled rigorously by well-known voices. But the rooms were almost empty. More than absence of an audience, I sensed a disconnect: partial commitment, politics without a foundation. Perhaps it was just an impression.
On the streets, intensity expressed itself differently. Football mobilized more than any public discussion. The illusion of qualifying for the World Cup, the shared disappointment. There were also protests: unpaid contractors, transport strikes due to adulterated fuel damaging their work tools. Legitimate demands, widely accepted with resignation, like just another inconvenience, without recognizing that they ultimately concern everyone.
The subnational elections arrived against that backdrop: the long-awaited day of going to the polls and exercising a democratic right. I went as an accompanying person, since I am not a resident and therefore cannot vote. Many voters arrived without having decided on their choice, like someone going to the slaughterhouse. There were too many candidates, and the debates were marked by low participation and insults.
In La Paz, the mayoral race was won by a candidate named Dockweiler, whose campaign image was linked to the cable car system (a project promoted during the MAS government). However, in interviews he avoided defining himself as MAS-aligned or left-wing, instead describing himself as a “humanist” and promising to reduce bureaucracy.
I believe many “jailones” voted for him, because bureaucracy and corruption remain deeply rooted in public services. I experienced it before and I experienced it again now, accompanying my mother through administrative procedures: waking up at dawn to get a ticket, waiting hours for a document that wasn’t even directly related to her retirement process. I arrived at 5 a.m. and people had already been waiting since 1 a.m., and even so, the tickets ran out.
When I was about to join those already blocking the street demanding attention, I was told that things were easier in the Southern Zone. And it was true. The Southern Zone is a bubble within the city of La Paz: modern shops, large houses, bars with heated terraces.
Its people resemble those described by Víctor Jara in one of his songs. In Bolivia we call them “jailones” (high society / elite). If you ask them about their worst nightmare, they speak of the trauma of the days after the 2019 coup—although they name it differently—when people from El Alto came down shouting: “Now yes, civil war!”
They say that the people from El Alto, the Aymara, are “resentful savages”; others call them “tough nuts to crack.” The jailones use words like “heavy” to express seriousness and admire Europe and its “civilization,” convinced that things are done properly there.
What they do not know—and I do—is that in Europe there is also bureaucracy and corruption, and that many times people pay an “extra” fee to speed up their procedures. Are we the ones exporting that custom?
Another day I saw someone lying on the ground, in a corner. He looked dead. I approached: he was breathing. I was surprised that no one else did, that no one stopped even to ask themselves the same question I did. Everyone passed by indifferently, as if they did not see him.
I saw that scene as I also saw the most arrogant jailones, contrasted with the sad and hardened gaze—coque leaf in mouth—of those who carry goods in the market for others. At times, it seems as if Bolivia had never had an Indigenous president or any process of recognition of Indigenous peoples.
And perhaps they do not know that there are other ways of organizing life Aymara ancestral: ayni, minka, athapi, waki, apxata, yanapanakuy. These are community practices that sustain bonds where the system has imposed competition. Ways of life that, even today, question dominant logics—and which even Marx might have envied.
When asked which ethnicity I identify with, I answer: Aymara. Not out of a romantic idea of belonging, but out of a less comfortable inheritance: pain and what follows it—anger. The memory of what was taken. A pain that is not exclusive. It is shared by the descendants of enslaved peoples, by those who have been expelled from their territories, by those whose history has been told by others. Those who lost everything in their Palestinian land know it: it is not only material loss, but the stripping away of dignity, memory, and ways of existing—often denied or narrated from the outside. It is a pain that persists because it has been denied. Minimized. Translated from elsewhere.
And no, it is not a closed chapter. We will not allow it to be one without recognition and justice. By peaceful means or by force, if necessary.
Because as long as those responsible do not take accountability, do not return what was taken, and our lives are not valued equally to “white” lives, there will be no peace.
In my luggage I brought, among other things, a method and an Aymara dictionary. I don’t know if I will learn the language as I would like, but one thing became clear: I had not felt so at home in a long time. And it was not a place. It was the awareness of belonging.
🇳🇱 Geglobaliseerde ontmenselijking
Dat deze kant van de wereld strategisch een individualistisch systeem heeft ontwikkeld, gebaseerd op consumptie als manier van bestaan—“zeg me wat je consumeert en ik zal je zeggen wie je bent”, “zeg me welk merk je gebruikt en ik zal je zeggen in welke buurt je woont”—is niet verrassend. Het scherm vermaakt niet alleen: het beschermt ook. Het voorkomt dat we om ons heen kijken en beseffen dat we niet alleen zijn. Consumeren is comfortabel.
Zelfs onderwijs is veranderd in een consumptiegoed: het biedt verteerbare, geruststellende verhalen, ontworpen om niet te verstoren. In de geschiedenislessen spreken we over “ontdekte” gebieden, veroverde rijkdommen, de export van religie, wetenschap en beschaving. We spreken ook over pijn, ja, maar over bepaalde soorten pijn: de Holocaust bijvoorbeeld, of die welke Hollywood toont via Vietnam, of het leed van koningen tijdens onafhankelijkheidsoorlogen. Andere vormen van pijn doen minder in het dominante verhaal. Want lijden lijkt alleen universele waarde te krijgen wanneer het “made in the West” is.
Niemand wil de plaats van de slechterik innemen. Als er schade is aangericht, is het beter die niet te benoemen. Verdergaan alsof het niet bestaat. Maar het bestaat wel. Kolonialisme is geen afgesloten hoofdstuk, maar een voortzetting. De acteurs veranderen, niet het script. En de geschiedenis—die zogenaamd voorbij is—blijft zich herhalen.
Ik keerde terug naar Bolivia—mijn thuis, mijn land—om mijn mensen te zien. “Mijn” niet in bezittelijke zin, maar als gedeeld behoren. Deze reis was anders. Ik ging met mijn moeder mee, om haar te begeleiden bij haar administratieve zaken en misschien om dichter bij haar te komen. Iets daarvan gebeurde. Maar er was ook een andere vaststelling: terugkeren leidde niet langer naar een plek die op mij wachtte. Die “familiale kern” was steeds kleiner geworden tot ze verdween.
De context was ook niet vreemd. Ik kwam aan in een gespannen politiek klimaat, na presidentsverkiezingen die meer vragen dan antwoorden achterlieten. Voor mijn reis had het nieuws over een vliegtuigcrash in El Alto—dat geld vervoerde—al de ronde gedaan. Ik besteedde er weinig aandacht aan totdat bij aankomst, terwijl ik mijn cocathee betaalde, een biljet van 20 bolivianos op de luchthaven zorgvuldig werd gecontroleerd: gelukkig was het geen serie B.
Later hoorde ik wat er gebeurd was. Na het ongeluk renden mensen om de biljetten op te rapen die uit de lucht vielen. Er waren doden, gewonden, slachtoffers die niet geholpen werden. De maatschappelijke veroordeling was onmiddellijk: “barbarij”, “gierigheid”, “dat soort mensen”. Wat volgde was voorspelbaar: verbod op de B-serie biljetten en morele sanctie. Geen vragen. Geen poging tot begrip.
Ik zocht plekken voor gesprek: fora, bijeenkomsten, debatten. Urgente thema’s—media-transparantie, gemeenschapsorganisatie, verkiezingsprocessen—met ernst behandeld door bekende stemmen. Maar de zalen waren bijna leeg. Meer dan afwezigheid van publiek voelde ik een ontkoppeling: half engagement, politiek zonder basis.
Op straat uitte intensiteit zich anders. Voetbal mobiliseerde meer dan welk publiek debat ook. De droom om het WK te halen, de gedeelde teleurstelling. Ook waren er protesten: onbetaalde aannemers, blokkades van transporteurs door vervalste brandstof die hun werkmiddelen beschadigt. Legitieme eisen, door de meerderheid gelaten aanvaard als een ongemak.
De subnationale verkiezingen kwamen in die context: de langverwachte dag om naar de stembus te gaan en een democratisch recht uit te oefenen. Ik ging mee als kijker, omdat ik geen inwoner ben en dus niet kan stemmen. Veel kiezers kwamen zonder hun stem al bepaald te hebben, alsof ze naar het slachthuis gingen. Er waren te veel kandidaten en de debatten werden gekenmerkt door lage deelname en beledigingen.
In La Paz won de burgemeestersverkiezing een kandidaat met de achternaam Dockweiler, wiens campagnebeeld verbonden was met het kabelbaansysteem (een project dat werd gepromoot en werkelijk gemaakt is tijdens de regering van MAS). In interviews vermeed hij zich echter te definiëren als MAS-gezind of links, en noemde hij zichzelf een “humanist” die de bureaucratie wilde verminderen.
Ik denk dat veel “jailones” op hem hebben gestemd, omdat bureaucratie en corruptie nog steeds diep verankerd zijn in de openbare dienstverlening. Ik heb het eerder meegemaakt en nu opnieuw, terwijl ik mijn moeder begeleidde bij administratieve procedures: heel vroeg opstaan om een nummer te krijgen, uren wachten voor een document dat niet eens direct met haar pensioenaanvraag te maken had. Ik kwam om 5 uur ’s ochtends aan en mensen stonden er al sinds 1 uur ’s nachts, en toch waren de nummers op.
Toen ik op het punt stond me aan te sluiten bij degenen die al de straat blokkeerden om aandacht te eisen, kreeg ik te horen dat het in de zuidelijke zone makkelijker ging. En dat klopte. De zuidelijke zone is een soort bubbel binnen de stad La Paz: moderne winkels, grote huizen, bars met verwarmde terrassen.
De mensen daar lijken sterk op degenen die Víctor Jara in een van zijn liedjes beschrijft. In Bolivia noemen we hen “jailones” (elite / high society). Als je hen vraagt naar hun ergste nachtmerrie, vertellen ze over het trauma van de dagen na de staatsgreep van 2019—al noemen zij het anders—toen mensen uit El Alto naar beneden kwamen schreeuwend: “Nu wel, burgeroorlog!”
Zij zeggen dat de mensen uit El Alto, de Aymara, “verbitterde wilden” zijn; anderen noemen hen “taaie tegenstanders.” De jailones gebruiken woorden als “heavy” om ernst uit te drukken en bewonderen Europa en zijn “beschaving”, ervan overtuigd dat dingen daar goed geregeld zijn.
Wat zij niet weten—anders dan ik—is dat er ook in Europa bureaucratie en corruptie bestaan, en dat mensen vaak een “extra” betalen om procedures te versnellen. Zijn wij degenen die die gewoonte exporteren?
Op een andere dag zag ik iemand op de grond liggen, in een hoek. Hij leek dood. Ik ging dichterbij: hij ademde. Het verbaasde me dat niemand anders dat deed, dat niemand stopte om zich hetzelfde af te vragen als ik. Iedereen liep onverschillig voorbij, alsof ze hem niet zagen.
Ik zag die scène zoals ik ook de meest arrogante jailones zag, in tegenstelling met de verdrietige en harde blik—met cocablad in de mond—van iemand die op de markt goederen voor anderen draagt. Soms lijkt het alsof Bolivia nooit een inheemse president heeft gehad of een proces van erkenning van inheemse volkeren.
En misschien weten ze niet dat er andere manieren zijn om het leven te organiseren, voorouderlijke Aymara: ayni, minka, athapi, waki, apxata, yanapanakuy. Gemeenschapspraktijken die banden in stand houden waar het systeem competitie heeft opgelegd. Levensvormen die, zelfs vandaag, de dominante logica’s in vraag stellen—en waar zelfs Marx jaloers op zou zijn.
Wanneer mij gevraagd wordt met welke etniciteit ik mij identificeer, antwoord ik: Aymara. Niet vanuit een romantisch idee van identiteit, maar vanuit een minder comfortabele erfenis: pijn en wat daarop volgt—woede. De herinnering aan wat is afgenomen. Een pijn die niet exclusief is. Ze wordt gedeeld door afstammelingen van tot slaaf gemaakte volkeren, door mensen die uit hun territoria zijn verdreven, door mensen van wie de geschiedenis door anderen is verteld. Wie alles verloor in zijn Palestijnse land weet het: het is niet alleen materieel verlies, maar het ontnemen van waardigheid, herinnering en bestaansvormen—vaak ontkend of van buitenaf verteld. Het is een pijn die blijft bestaan omdat ze is ontkend. Geminimaliseerd. Van buitenaf vertaald.
En nee, dit is geen afgesloten hoofdstuk. We zullen niet toestaan dat het dat wordt zonder erkenning en rechtvaardigheid. Desnoods met zachte of harde middelen, als het moet. Want zolang de verantwoordelijken geen verantwoordelijkheid nemen, niet teruggeven wat is afgenomen en onze levens niet gelijkwaardig zijn aan “witte” levens, zal er geen vrede zijn.
In mijn bagage bracht ik onder andere een methode en een Aymara-woordenboek mee. Ik weet niet of ik de taal zal leren zoals ik zou willen, maar één ding werd duidelijk: ik heb me lange tijd niet zo thuis gevoeld. En het was geen plek. Het was het besef van behoren.
🇵🇹 Desumanização globalizada
Que este lado do mundo tenha desenvolvido estrategicamente um sistema individualista, baseado no consumo como forma de existência—“diga-me o que consomes e dir-te-ei quem és”, “diga-me que marca usas e dir-te-ei em que bairro vives”—não surpreende. A tela não apenas entretém: também protege. Evita que olhemos ao redor e percebamos que não estamos sozinhos. Consumir é confortável.
Até a educação se transformou num bem de consumo: oferece narrativas digeríveis, tranquilizadoras, pensadas para não incomodar. Nas aulas de história fala-se de territórios “descobertos”, riquezas conquistadas, exportação de religião, ciência e civilização. Fala-se também da dor, sim, mas de certas dores: o Holocausto, por exemplo, ou aquele que Hollywood expõe através do Vietname, ou o sofrimento dos reis nas guerras de independência. Outras dores têm menos valor na narrativa dominante. Porque o sofrimento só parece adquirir valor universal quando é “made in West”.
Ninguém quer ocupar o lugar do vilão. Se houve dano, é melhor não o nomear. Seguir em frente como se não existisse. Mas existe. O colonialismo não é um capítulo encerrado, mas uma continuidade. Mudam os atores, não o guião. E a história—supostamente superada—insiste em repetir-se.
Voltei à Bolívia—minha casa, minha terra—para ver o meu povo. “Meu”, não no sentido possessivo, mas como pertença partilhada. Esta viagem foi diferente. Fui com a minha mãe, para a acompanhar nos seus trâmites e, talvez, para me aproximar dela. Algo disso aconteceu. Mas houve também outra constatação: o regresso já não levava a um lugar que me esperava.
O contexto também não era alheio. Cheguei num clima político tenso, após eleições presidenciais que deixaram mais perguntas do que respostas. Antes da viagem, já circulava a notícia da queda de um avião em El Alto—que transportava dinheiro. Só lhe dei atenção quando, ao chegar, ao pagar o meu chá de coca, um bilhete de 20 bolivianos foi cuidadosamente verificado no aeroporto: felizmente não era da série B.
Depois soube o que aconteceu. Após o acidente, as pessoas correram para apanhar os bilhetes que caíam do céu. Houve mortos, feridos, vítimas que não foram socorridas. A condenação social foi imediata: “barbárie”, “ganância”, “essas pessoas”. O que se seguiu foi previsível: proibição dos bilhetes da série B e sanção moral. Nenhuma pergunta. Nenhuma tentativa de compreensão.
Procurei espaços de conversa: fóruns, encontros, debates. Temas urgentes—transparência dos meios de comunicação, organização comunitária, processos eleitorais—tratados com rigor por vozes reconhecidas. Mas as salas estavam quase vazias.
Na rua, a intensidade manifestava-se de outra forma. O futebol mobilizava mais do que qualquer debate público. A ilusão de qualificação para o Mundial, a frustração partilhada. Também houve protestos: empreiteiros sem pagamento, bloqueios de transportadores por combustível adulterado que danifica as suas ferramentas de trabalho.
As eleições subnacionais chegaram nesse contexto: o dia tão esperado de ir às urnas e exercer um direito democrático. Eu fui como acompanhante, já que não sou residente e, portanto, não posso votar. Muitos eleitores chegaram sem ter decidido o voto, como quem vai para o matadouro. Havia demasiados candidatos, e os debates foram marcados por baixa participação e insultos.
Em La Paz, venceu a eleição para prefeito um candidato de sobrenome Dockweiler, cuja imagem de campanha estava ligada ao sistema de teleférico (projeto impulsionado durante o governo do MAS). No entanto, em entrevistas ele evitava se definir como masista ou de esquerda, chamando-se de “humanista” e prometendo reduzir a burocracia.
Acredito que muitos “jailones” votaram nele, porque a burocracia e a corrupção continuam profundamente enraizadas no serviço público. Eu já tinha vivido isso antes e voltei a vivê-lo agora, acompanhando minha mãe em trâmites administrativos: acordar de madrugada para conseguir uma ficha, esperar horas por um documento que nem sequer estava diretamente ligado ao processo de aposentadoria dela. Cheguei às 5 da manhã e já havia pessoas esperando desde a 1 da manhã, e ainda assim as fichas se esgotaram.
Quando estava prestes a me juntar aos que já bloqueavam a rua exigindo atendimento, disseram-me que na Zona Sul era mais fácil ser atendido. E era verdade. A Zona Sul é uma bolha dentro da cidade de La Paz: lojas modernas, casas grandes, bares com terraços aquecidos.
As pessoas dali se parecem muito com aquelas descritas por Víctor Jara em uma de suas músicas. Na Bolívia, chamamos essas pessoas de “jailones” (alta classe/elite). Se você pergunta qual é o seu pior pesadelo, eles falam do trauma dos dias após o golpe de 2019—embora o nomeiem de outra forma—quando os habitantes de El Alto desciam gritando: “Agora sim, guerra civil!”
Eles dizem que os de El Alto, os aimaras, são “selvagens ressentidos”; outros os chamam de “osso duro de roer.” Os jailones usam palavras como “heavy” para expressar gravidade e admiram a Europa e sua “civilização”, convencidos de que lá as coisas funcionam bem.
O que eles não sabem—e eu sei—é que na Europa também há burocracia e corrupção, e que muitas vezes as pessoas pagam um “extra” para acelerar seus trâmites. Seremos nós que estamos exportando esse costume?
Em outro dia, vi alguém caído no chão, em uma esquina. Parecia morto. Me aproximei: ele respirava. Me surpreendeu que ninguém mais o fizesse, que ninguém parasse sequer para se perguntar o mesmo que eu. Todos passavam indiferentes, como se não o vissem.
Vi aquela cena como também vi os jailones mais arrogantes de todos, em contraste com o olhar triste e duro—com a folha de coca na boca—de quem carrega sacos no mercado para os outros. Às vezes, parece que a Bolívia nunca teve um presidente indígena nem passou por um processo de reconhecimento dos povos originários.
E talvez não saibam que existem outras formas de organizar a vida aymaras ancestrais: ayni, minka, athapi, waki, apxata, yanapanakuy. Práticas comunitárias que sustentam vínculos onde o sistema impôs competição. Formas de vida que, ainda hoje, questionam as lógicas dominantes—e que até Marx teria invejado.
Quando me perguntam com que etnia me identifico, respondo: aymara. Não por romantização, mas por uma herança desconfortável: a dor e o que vem depois dela—raiva. A memória do que foi retirado.
Uma dor que não é exclusiva. É partilhada pelos descendentes de povos escravizados, por aqueles que foram expulsos dos seus territórios, por aqueles cuja história foi contada por outros. Quem perdeu tudo na sua terra palestiniana sabe: não é apenas uma perda material, mas o despojamento da dignidade, da memória e das formas de existir—muitas vezes negado ou narrado a partir de fora. É uma dor que persiste porque foi negada. Minorizada. Traduzida de fora.
E não, não é um capítulo encerrado. Não deixaremos que o seja sem reconhecimento e justiça. Por bem ou por mal, se necessário. Porque enquanto os responsáveis não assumirem a sua responsabilidade, não devolverem o que foi tirado e as nossas vidas não tiverem o mesmo valor que vidas “brancas”, não haverá paz.
Na minha bagagem trouxe, entre outras coisas, um método e um dicionário aymara. Não sei se vou aprender a língua como gostaria, mas uma coisa ficou clara: fazia muito tempo que não me sentia tão em casa. E não era um lugar. Era a consciência de pertença.
