jueves, 21 de mayo de 2026

LOS INVISIBLES (EN, NL, PT)


Bolivia vuelve a ocupar titulares y protagonismo en un escenario geopolítico muy complejo, atravesado por los múltiples tentáculos del mismo actor imperialista y colonial. En publicaciones anteriores ya había hablado del proceso deshumanizador que los intereses externos promueven para dividir a las sociedades y hacerlas más vulnerables al saqueo. Incluso, en una de ellas, realicé una crítica al liderazgo de las bases que impulsaron el voto nulo y terminaron contribuyendo al fracaso de las últimas elecciones presidenciales.

Mi paso por el país, concretamente por la ciudad de La Paz, me reveló una realidad mucho más compleja. La izquierda, y todo lo que mínimamente se le pareciera, había desaparecido: enterrada, silenciada, como si se quisiera borrar de la memoria colectiva. Vi indiferencia y frialdad. Me sorprendió la ausencia de pensamiento crítico y la manera en que se miraba con molestia, incluso con asco, a los pequeños colectivos que salían a protestar: insignificantes, incómodos, molestos para una ciudad anestesiada.

Supe después que en otros escenarios, por ejemplo Cochabamba, existía una mayor constancia combativa; un contraste tremendo con la sede de gobierno.

Ahora entiendo que aquel silencio que percibí durante mi estadía era precisamente el silencio que precede a la tormenta. El castillo de arena que ese gobierno había construido comenzaba a desmoronarse al intentar reimplantar medidas y leyes favorables a los grandes empresarios: un proceso que todos los gobiernos anteriores a 2006, sin excepción, habían aplicado para hacer a unos cuantos más ricos mientras el pueblo se empobrecía.

Las reformas revolucionarias que siguieron a partir de 2006, con Evo Morales en el gobierno, mostraron al mundo que otro modelo era posible. Se dio visibilidad a quien nadie quería ver: al “indio”. Se construyó un modelo social y gubernamental que incluyó a quienes antes solo eran concebidos como servidumbre, el único lugar que la oligarquía les concedía a quienes venían del campo. De repente, aquellos a quienes el colonialismo les había arrebatado su valor humano comenzaron a sentir orgullo de sus raíces y a decidir sobre el futuro de su país.

La nacionalización de los recursos abrió paso a mejoras reales en la vida cotidiana: fortaleció la canasta familiar, permitió invertir en educación y sacó a Bolivia del lugar de país más pobre de Sudamérica. Los oligarcas sufrieron ese cambio porque, por primera vez, los beneficios dejaron de concentrarse exclusivamente en ellos y comenzaron a llegar al pueblo boliviano.

Pero, como era de esperar, un país que toma las riendas de sus bienes y de su futuro, un país con autodeterminación, resulta profundamente incómodo para quienes históricamente han saqueado recursos desde el Norte. Al no poder imponer sanciones, se dedicaron a promover el desprestigio: primero contra el líder y, después del golpe de 2019, contra toda la izquierda. Sobre todo en una clase media que, aunque mejoró su posición económica gracias al auge del MAS, nunca asumió un compromiso político real.

Y un sector social sin compromiso político es mucho más vulnerable a la manipulación. Sabemos de sobra que Occidente es experto en eso: existen profesionales enteros dedicados a moldear la opinión pública en función de intereses económicos y geopolíticos.

Eso abrió nuevamente las puertas para que las oligarquías y los intereses extranjeros regresaran al gobierno y entregaran en bandeja de oro los recursos del país.

Recuerdo que, en el momento de las elecciones presidenciales, taché el voto nulo de insensato. Sin embargo, hoy entiendo que los votos nulos, sumados a los votos de izquierda, representaban una mayoría, aunque no absoluta. También fui bastante dura con los líderes divididos y con el propio pueblo. Pero hoy comprendo que, incluso si Evo hubiera podido participar en aquellas elecciones, probablemente no habría ganado ni siquiera en una segunda vuelta. Aun así, el voto nulo dejó claro que el apoyo a Evo seguía siendo masivo en amplios sectores populares.

No imaginé que esa fuerza volvería a hacerse visible tan pronto.

Este contexto de convulsión revela muchas cosas. Por un lado, una derecha que se mueve en los tejidos del engaño, sostenida por medios de comunicación que manipulan al sector menos comprometido, victimizándolo y sembrando miedo. Hacen viral la narrativa de que las marchas están financiadas por Evo Morales; que quienes protestan son “vándalos”, “criminales” o “terroristas” que deben ser silenciados porque “sitian” una ciudad hermosa que solo quiere trabajar y sacar al país adelante.

Repiten que los mineros, como siempre, llegan armados con dinamita y destruyen el asfalto; que los bloqueos son los responsables de la crisis económica; que el gobierno necesita “ayuda” extranjera para rescatar al país de la “miseria socialista”; y que los recortes, el aumento de los precios, las privatizaciones y las modificaciones de leyes constitucionales son culpa exclusiva de la gestión anterior.

Con esa narrativa intentan mantener engañado al sector menos politizado y justificar la represión violenta ejercida por el ejército y la policía, respaldada por intereses extranjeros y organismos alineados con ellos.

Lo que los medios no dicen es que la represión ya deja muertos, más de cien detenidos y una persecución contra líderes sociales que no pertenecen únicamente al evismo, sino a múltiples sectores: campesinos, maestros, mineros, obreros y organizaciones regionales. Personas que caminaron durante semanas para movilizarse y que no son una simple centena: son millones de los mismos que históricamente han dado la cara e incluso la vida.

Ninguno de los medios menciona realmente los motivos ni las demandas: incremento salarial para el sector obrero y el magisterio, defensa de los recursos naturales y de la tierra, denuncia de las promesas incumplidas del gobierno y la exigencia de una participación política digna desde los sectores populares, conscientes de que este gobierno no piensa concederla.

No se trata de un simple berrinche ni de un complot para tomar el poder. Se trata de distintos sectores que arriesgan su vida por su país, sin amedrentarse frente a un ejército al que consideran subordinado a intereses externos.

La represión contra mi gente valiente puede ser brutal, pero la semilla de la rebelión ya comienza a resonar en los países vecinos. Y si han de temernos, que sea porque los pueblos volverán a levantarse unidos, porque volveremos a ser millones junto a los pueblos del Abya Yala, y ningún ejército podrá borrar la fuerza de quienes luchan por dignidad, memoria y autodeterminación.

Jilatanaka kullakanaka, kutt’anipxañäniwa ukat waranqa waranqanakäñäniwa. Jallalla Bolivia.



EN THE INVISIBLE ONES 

Bolivia once again occupies headlines and takes center stage in a highly complex geopolitical scenario, crossed by the multiple tentacles of the same imperialist and colonial actor. In previous publications, I had already spoken about the dehumanizing process promoted by external interests to divide societies and make them more vulnerable to plunder. I even criticized the leadership of grassroots sectors that promoted the null vote and ultimately contributed to the failure of the last presidential elections.

My time in the country, specifically in the city of La Paz, revealed a far more complex reality to me. The left, and everything that even remotely resembled it, seemed to have disappeared: buried, silenced, as if someone wanted to erase it from collective memory. I saw indifference and coldness. I was struck by the absence of critical thinking and by the way small groups that took to the streets to protest were looked at with annoyance, even disgust: insignificant, uncomfortable, bothersome to a numbed city.

Later, I learned that in other places, such as Cochabamba, there was a much stronger combative spirit; a tremendous contrast with La Paz, the seat of government..

Now I understand that the silence I perceived during my stay was precisely the silence that precedes the storm. The sandcastle that government had built was beginning to collapse as it attempted to reintroduce measures and laws favorable to big business: a process that every government before 2006, without exception, had applied to make a few richer while the people grew poorer.

The revolutionary reforms that followed after 2006, with Evo Morales in government, showed the world that another model was possible. Visibility was given to those whom no one wanted to see: the “Indian.” A social and governmental model was built that included those who had previously been treated only as servants, the only role the oligarchy allowed for people from the countryside. Suddenly, those whose human worth had been stripped away by colonialism began to feel pride in their roots and to decide the future of their country.

The nationalization of resources opened the way to real improvements in daily life: it strengthened family economies, allowed investment in education, and lifted Bolivia from its position as the poorest country in South America. The oligarchs suffered from this change because, for the first time, the country’s wealth no longer benefited only them but also reached the Bolivian people.

But, as expected, a country that takes control of its resources and future — a country with self-determination — becomes deeply uncomfortable for those who have historically looted resources from the Global North. Unable to impose sanctions, they turned to discredit campaigns: first against the leader, and after the 2019 coup, against the entire left. Especially among a middle class that, although it improved economically thanks to the MAS boom, never developed a real political commitment.

And a social sector without political commitment is far more vulnerable to manipulation. We know well that the West is an expert at this: entire professionals are dedicated to shaping public opinion according to economic and geopolitical interests.

This once again opened the door for oligarchies and foreign interests to return to government and hand over the country’s resources on a silver platter.

I remember that, during the presidential elections, I called the null vote senseless. However, today I understand that null votes, combined with left-wing votes, represented a majority, though not an absolute one. I was also harsh with divided leaders and with the people themselves. But today I understand that even if Evo had been allowed to participate in those elections, he probably would not have won, not even in a second round. Even so, the null vote made clear that support for Evo remained massive among broad popular sectors.

I did not imagine that this force would become visible again so soon.

This context of upheaval reveals many things. On the one hand, a right wing that moves through networks of deception, supported by media outlets that manipulate the less politically engaged sectors, victimizing them and spreading fear. They push the narrative that the marches are financed by Evo Morales; that the protesters are “vandals,” “criminals,” or “terrorists” who must be silenced because they are “besieging” a beautiful city that only wants to work and move the country forward.

They repeat that miners, as always, arrive armed with dynamite and destroy the roads; that the blockades are responsible for the economic crisis; that the government needs foreign “help” to rescue the country from “socialist misery”; and that budget cuts, rising prices, privatizations, and constitutional changes are solely the fault of the previous administration.

With this narrative, they seek to keep the least politicized sectors deceived and justify violent repression carried out by the army and police, backed by foreign interests and aligned organizations.

What the media do not say is that the repression has already left deaths, more than one hundred detainees, and persecution against social leaders who do not belong only to the “evismo,” but to multiple sectors: peasants, teachers, miners, workers, and regional organizations. People who walked for weeks to mobilize and who are not just a few hundred: they are millions of the same people who have historically put their bodies and even their lives on the line.

None of the media truly mention the reasons or demands: wage increases for workers and teachers, defense of natural resources and land, denunciation of the government’s unfulfilled promises, and the demand for dignified political participation from popular sectors, fully aware that this government has no intention of granting it.

This is not a mere tantrum or a conspiracy to seize power. It is about different sectors risking their lives for their country, unafraid of an army they consider subordinate to external interests.

The repression against my brave people may be brutal, but the seed of rebellion is already beginning to echo throughout neighboring countries. And if they are to fear us, let it be because the peoples will rise united once again, because we will once more be millions alongside the peoples of Abya Yala, and no army will be able to erase the strength of those who fight for dignity, memory, and self-determination.


Jilatanaka kullakanaka, kutt’anipxañäniwa ukat waranqa waranqanakäñäniwa. Jallalla Bolivia.



NL DE ONZICHTBAREN

Bolivia staat opnieuw in de schijnwerpers en speelt een hoofdrol in een uiterst complex geopolitiek scenario, doorkruist door de vele tentakels van dezelfde imperialistische en koloniale macht. In eerdere publicaties sprak ik al over het ontmenselijkingsproces dat door externe belangen wordt bevorderd om samenlevingen te verdelen en kwetsbaarder te maken voor plundering. Ik uitte zelfs kritiek op het leiderschap van bepaalde basissectoren die de blanco stem promootten en zo bijdroegen aan het mislukken van de laatste presidentsverkiezingen.

Mijn verblijf in het land, meer bepaald in La Paz, onthulde voor mij een veel complexere realiteit. Links, en alles wat daar ook maar enigszins op leek, leek verdwenen: begraven, het zwijgen opgelegd, alsof men het uit het collectieve geheugen wilde wissen. Ik zag onverschilligheid en kilte. Wat mij vooral trof, was het gebrek aan kritisch denken en de manier waarop kleine groepen die de straat op gingen om te protesteren met irritatie, zelfs afkeer, werden bekeken: onbeduidend, lastig, hinderlijk voor een verdoofde stad.

Later hoorde ik dat er in andere plaatsen, zoals Cochabamba, een veel grotere strijdlust bestond; een enorm contrast met La Paz, de regeringszetel van het land

Nu begrijp ik dat de stilte die ik tijdens mijn verblijf waarnam precies de stilte was die aan de storm voorafgaat. Het zandkasteel dat die regering had opgebouwd begon in te storten toen zij opnieuw maatregelen en wetten wilde invoeren die gunstig waren voor grote ondernemers: een proces dat alle regeringen vóór 2006 zonder uitzondering toepasten om enkelen rijker te maken terwijl het volk armer werd.

De revolutionaire hervormingen die na 2006 onder Evo Morales werden doorgevoerd, toonden de wereld dat een ander model mogelijk was. Zichtbaarheid werd gegeven aan degenen die niemand wilde zien: de “indiaan”. Er werd een sociaal en politiek model opgebouwd dat mensen omvatte die vroeger enkel als dienstboden werden beschouwd, de enige plaats die de oligarchie aan mensen van het platteland toekende. Plots begonnen degenen van wie het kolonialisme hun menselijke waarde had afgenomen trots te voelen op hun afkomst en mee te beslissen over de toekomst van hun land.

De nationalisatie van de natuurlijke rijkdommen zorgde voor echte verbeteringen in het dagelijks leven: de koopkracht van gezinnen verbeterde, investeringen in onderwijs werden mogelijk en Bolivia verloor zijn positie als armste land van Zuid-Amerika. De oligarchen leden onder deze verandering omdat de rijkdom van het land voor het eerst niet alleen hen ten goede kwam, maar ook het Boliviaanse volk bereikte.

Maar zoals te verwachten viel, is een land dat controle neemt over zijn rijkdommen en zijn toekomst — een land met zelfbeschikking — bijzonder ongemakkelijk voor degenen die historisch gezien de rijkdommen van het Zuiden hebben geplunderd. Omdat sancties niet mogelijk waren, begonnen ze lastercampagnes: eerst tegen de leider en na de staatsgreep van 2019 tegen heel links. Vooral binnen een middenklasse die economisch profiteerde van de bloei van de MAS, maar nooit een echte politieke betrokkenheid ontwikkelde.

En een sociale sector zonder politieke betrokkenheid is veel kwetsbaarder voor manipulatie. We weten maar al te goed dat het Westen hier expert in is: hele groepen professionals houden zich bezig met het vormen van de publieke opinie volgens economische en geopolitieke belangen.

Zo werd opnieuw de deur geopend voor oligarchieën en buitenlandse belangen om terug te keren aan de macht en de rijkdommen van het land op een dienblad aan te bieden.

Ik herinner me dat ik tijdens de presidentsverkiezingen de blanco stem als zinloos bestempelde. Toch begrijp ik vandaag dat de blanco stemmen samen met de linkse stemmen een meerderheid vormden, al was het geen absolute meerderheid. Ik was ook hard voor de verdeelde leiders en voor het volk zelf. Maar vandaag begrijp ik dat zelfs als Evo had mogen deelnemen aan die verkiezingen, hij waarschijnlijk niet eens in een tweede ronde zou hebben gewonnen. Toch maakte de blanco stem duidelijk dat de steun voor Evo onder brede volkssectoren nog steeds enorm was.

Ik had niet gedacht dat die kracht zo snel opnieuw zichtbaar zou worden.

Deze context van onrust onthult veel. Enerzijds is er een rechterzijde die zich beweegt binnen netwerken van misleiding, gesteund door media die de minst politiek betrokken sectoren manipuleren, hen als slachtoffers voorstellen en angst zaaien. Ze verspreiden het verhaal dat de marsen worden gefinancierd door Evo Morales; dat de demonstranten “vandalen”, “criminelen” of “terroristen” zijn die het zwijgen moeten worden opgelegd omdat zij een mooie stad “belegeren” die enkel wil werken en het land vooruithelpen.

Ze herhalen dat mijnwerkers, zoals altijd, met dynamiet komen en wegen vernielen; dat de blokkades verantwoordelijk zijn voor de economische crisis; dat de regering buitenlandse “hulp” nodig heeft om het land te redden van de “socialistische ellende”; en dat besparingen, prijsstijgingen, privatiseringen en grondwetswijzigingen uitsluitend de schuld zijn van de vorige regering.

Met dat verhaal proberen ze de minst gepolitiseerde sectoren misleid te houden en gewelddadige repressie door leger en politie te rechtvaardigen, gesteund door buitenlandse belangen en daarmee verbonden organisaties.

Wat de media niet zeggen, is dat de repressie al doden, meer dan honderd arrestaties en vervolging van sociale leiders heeft veroorzaakt — niet alleen van het “evismo”, maar van verschillende sectoren: boeren, leraren, mijnwerkers, arbeiders en regionale organisaties. Mensen die wekenlang hebben gelopen om zich te mobiliseren en die geen kleine minderheid vormen: het zijn miljoenen van dezelfde mensen die historisch gezien hun lichaam en zelfs hun leven hebben ingezet.

Geen enkel medium vermeldt werkelijk de redenen of eisen: loonsverhogingen voor arbeiders en leerkrachten, verdediging van natuurlijke rijkdommen en land, aanklacht tegen de niet nagekomen beloften van de regering en de eis voor waardige politieke participatie van de volkssectoren, die zich ervan bewust zijn dat deze regering dat niet zal toestaan.

Dit is geen simpele driftbui of een complot om de macht te grijpen. Het gaat om verschillende sectoren die hun leven riskeren voor hun land, zonder angst voor een leger dat zij zien als onderworpen aan buitenlandse belangen.

De repressie tegen mijn moedige volk kan hard zijn, maar het zaad van de opstand begint al weerklank te vinden in de buurlanden. En als men ons moet vrezen, laat het dan zijn omdat de volkeren opnieuw verenigd zullen opstaan, omdat wij opnieuw miljoenen zullen zijn samen met de volkeren van Abya Yala, en geen enkel leger de kracht kan uitwissen van hen die strijden voor waardigheid, geheugen en zelfbeschikking.

Jilatanaka kullakanaka, kutt’anipxañäniwa ukat waranqa waranqanakäñäniwa. Jallalla Bolivia.

PT OS INVISÍVEIS

A Bolívia volta a ocupar manchetes e protagonismo em um cenário geopolítico extremamente complexo, atravessado pelos múltiplos tentáculos do mesmo ator imperialista e colonial. Em publicações anteriores, eu já havia falado sobre o processo desumanizador promovido por interesses externos para dividir as sociedades e torná-las mais vulneráveis ao saque. Inclusive critiquei a liderança de setores de base que impulsionaram o voto nulo e acabaram contribuindo para o fracasso das últimas eleições presidenciais.

Minha passagem pelo país, especificamente pela cidade de La Paz, revelou uma realidade muito mais complexa. A esquerda, e tudo aquilo que minimamente se parecesse com ela, parecia ter desaparecido: enterrada, silenciada, como se quisessem apagá-la da memória coletiva. Vi indiferença e frieza. Surpreendeu-me a ausência de pensamento crítico e a maneira como pequenos grupos que saíam às ruas para protestar eram vistos com incômodo e até desprezo: insignificantes, inconvenientes, perturbadores para uma cidade anestesiada.

Depois soube que em outros lugares, como Cochabamba, existia uma constância combativa muito maior; um contraste enorme com La Paz, sede do governo do país

Agora entendo que aquele silêncio que percebi durante minha estadia era justamente o silêncio que antecede a tempestade. O castelo de areia que aquele governo havia construído começava a desmoronar ao tentar reimplantar medidas e leis favoráveis aos grandes empresários: um processo que todos os governos anteriores a 2006, sem exceção, haviam utilizado para enriquecer alguns poucos enquanto o povo empobrecia.

As reformas revolucionárias iniciadas após 2006, com Evo Morales no governo, mostraram ao mundo que outro modelo era possível. Deu-se visibilidade a quem ninguém queria ver: o “índio”. Foi construído um modelo social e governamental que incluiu aqueles que antes eram vistos apenas como servidão, o único espaço que a oligarquia concedia aos que vinham do campo. De repente, aqueles a quem o colonialismo havia roubado o valor humano passaram a sentir orgulho de suas raízes e a decidir o futuro de seu país.

A nacionalização dos recursos abriu caminho para melhorias reais na vida cotidiana: fortaleceu a economia familiar, permitiu investir em educação e tirou a Bolívia da posição de país mais pobre da América do Sul. Os oligarcas sofreram com essa mudança porque, pela primeira vez, os benefícios deixaram de se concentrar apenas neles e começaram a alcançar o povo boliviano.

Mas, como era de se esperar, um país que assume o controle de seus recursos e de seu futuro — um país com autodeterminação — torna-se profundamente incômodo para aqueles que historicamente saqueiam riquezas do Sul Global. Sem poder impor sanções, passaram a promover campanhas de desprestígio: primeiro contra o líder e, depois do golpe de 2019, contra toda a esquerda. Principalmente em uma classe média que, embora tenha melhorado economicamente graças ao auge do MAS, nunca assumiu um compromisso político real.

E um setor social sem compromisso político é muito mais vulnerável à manipulação. Sabemos muito bem que o Ocidente é especialista nisso: existem profissionais inteiros dedicados a moldar a opinião pública de acordo com interesses econômicos e geopolíticos.

Isso abriu novamente as portas para que oligarquias e interesses estrangeiros retornassem ao governo e entregassem os recursos do país em bandeja de prata.

Lembro que, durante as eleições presidenciais, considerei o voto nulo um erro sem sentido. No entanto, hoje entendo que os votos nulos, somados aos votos da esquerda, representavam uma maioria, ainda que não absoluta. Também fui dura com os líderes divididos e com o próprio povo. Mas hoje compreendo que, mesmo que Evo tivesse podido participar daquelas eleições, provavelmente não teria vencido nem mesmo em um segundo turno. Ainda assim, o voto nulo deixou claro que o apoio a Evo seguia massivo em amplos setores populares.

Não imaginei que essa força voltaria a se tornar visível tão rapidamente.

Esse contexto de convulsão revela muitas coisas. Por um lado, uma direita que se move através das redes da manipulação, sustentada por meios de comunicação que manipulam os setores menos politizados, vitimizando-os e espalhando medo. Difundem a narrativa de que as marchas são financiadas por Evo Morales; que os manifestantes são “vândalos”, “criminosos” ou “terroristas” que precisam ser silenciados porque “cercam” uma bela cidade que só quer trabalhar e fazer o país avançar.

Repetem que os mineiros, como sempre, chegam armados com dinamite e destroem estradas; que os bloqueios são os responsáveis pela crise econômica; que o governo precisa de “ajuda” estrangeira para salvar o país da “miséria socialista”; e que cortes, aumento de preços, privatizações e mudanças constitucionais são culpa exclusiva da gestão anterior.

Com essa narrativa procuram manter enganados os setores menos politizados e justificar a repressão violenta exercida pelo exército e pela polícia, apoiada por interesses estrangeiros e organizações alinhadas a eles.

O que os meios de comunicação não dizem é que a repressão já deixou mortos, mais de cem detidos e perseguição contra líderes sociais que não pertencem apenas ao “evismo”, mas a diversos setores: camponeses, professores, mineiros, operários e organizações regionais. Pessoas que caminharam durante semanas para se mobilizar e que não são apenas uma centena: são milhões dos mesmos que historicamente deram o corpo e até a vida.

Nenhum meio realmente menciona os motivos ou as reivindicações: aumento salarial para trabalhadores e professores, defesa dos recursos naturais e da terra, denúncia das promessas não cumpridas do governo e exigência de uma participação política digna dos setores populares, conscientes de que este governo não pretende concedê-la.

Não se trata de um simples capricho nem de uma conspiração para tomar o poder. Trata-se de diferentes setores arriscando a própria vida por seu país, sem se intimidar diante de um exército que consideram subordinado a interesses externos.

A repressão contra meu povo valente pode ser brutal, mas a semente da rebelião já começa a ecoar nos países vizinhos. E se devem nos temer, que seja porque os povos voltarão a se levantar unidos, porque voltaremos a ser milhões junto aos povos do Abya Yala, e nenhum exército conseguirá apagar a força daqueles que lutam por dignidade, memória e autodeterminação.

Jilatanaka kullakanaka, kutt’anipxañäniwa ukat waranqa waranqanakäñäniwa. Jallalla Bolivia.

jueves, 16 de abril de 2026

LA DESHUMANIZACIÓN GLOBALISTA


 Que este lado del mundo haya desarrollado estratégicamente un sistema individualista, basado en el consumo como forma de existencia —“dime qué consumes y te diré quién eres”, “dime qué marca usas y te diré en qué barrio vives”— no sorprende. La pantalla no solo entretiene: también protege. Evita mirar alrededor y constatar que no estamos solos.

Consumir es cómodo. Incluso la educación se ha transformado en un bien de consumo: ofrece relatos digeribles, tranquilizadores, diseñados para no incomodar. En las clases de historia se habla de territorios “descubiertos”, de riquezas conquistadas, de la exportación de la religión, la ciencia y la civilización. También se habla del dolor, sí, pero de ciertos dolores: el Holocausto o ese que expone Hollywood con Vietnam, o aquel que sintieron los reyes con las guerras independentistas., por ejemplo. Otros duelen menos en el relato dominante. Porque el sufrimiento parece adquirir valor universal solo cuando es “made in Occidente”.

Nadie quiere ocupar el lugar del villano. Si se causó daño, mejor no nombrarlo. Seguir adelante como si no existiera. Pero existe. El colonialismo no es un capítulo cerrado, sino una continuidad. Cambian los actores, no el guion. Y la historia —esa que se supone superada— insiste en repetirse.

Volví a Bolivia —mi casa, mi tierra— para ver a mi gente. “Mi”, no en sentido posesivo, sino como pertenencia compartida. Este viaje fue distinto. Fui con mi madre, para acompañarla en sus trámites y, quizás, para acercarme a ella. Algo de eso ocurrió. Pero también hubo otra constatación: el retorno ya no conducía a un lugar que me esperaba. Ese “seno familiar” se había ido reduciendo hasta desaparecer. Lo sabía, pero no por eso dolió menos.

El contexto tampoco era ajeno. Llegué en medio de un clima político enrarecido, tras elecciones presidenciales que dejaron más preguntas que certezas. Antes de viajar, la noticia de la caída de un avión en El Alto —que transportaba dinero— ya había circulado. No le presté demasiada atención hasta que, al llegar y pagar mi mate de coca, revisaron minuciosamente un billete de 20 bolivianos en el aeropuerto: menos mal no pertenecía a la serie B.

Después supe lo ocurrido. Tras el accidente, la gente corrió a recoger los billetes que caían del cielo. Hubo muertos, heridos, víctimas que no fueron auxiliadas. La condena social fue inmediata: “barbarie”, “mezquindad”, “esa gente”. Lo que siguió fue igual de previsible: prohibición de los billetes (de la serie B que se estaba transportando) y sanción moral. Ninguna pregunta. Ningún intento por entender. Es más fácil juzgar con el estómago lleno.

Un mes después, la medida ya era rutina. Quedaba la duda de si alguien recordaría el origen.

Busqué espacios de conversación: foros, encuentros, debates. Temas urgentes —transparencia informativa, organización comunal, procesos electorales— tratados con rigor por voces reconocidas. Pero las salas estaban casi vacías. Más que ausencia de público, percibí una desconexión: compromiso a medias, política sin base. Tal vez fue solo una impresión.

En la calle, la intensidad se expresaba de otra manera. El fútbol movilizaba más que cualquier discusión pública. La ilusión de clasificar al mundial, seguida de la decepción compartida. También hubo protestas: contratistas impagos, bloqueos de transportistas por combustible adulterado que arruina sus herramientas de trabajo. Reclamos legítimos asumidos por la mayoría con resignación, como una molestia más, sin reconocer que, en el fondo, interpelaban a todos.

Las elecciones subnacionales llegaron con ese telón de fondo,  el día esperado: el de acudir a las urnas y ejercer un derecho democrático. Yo fui como acompañante, ya que, al no ser residente, no puedo votar. Muchos de los votantes acudieron sin tener decidido su voto, como quien va al matadero. Había demasiados candidatos, y los debates se caracterizaron por la escasa participación y los insultos.

Así, en La Paz, ganó para alcalde un candidato apellidado Dockweiler, cuya imagen de campaña se vinculaba al Teleférico (proyecto impulsado durante el gobierno del MAS), aunque en entrevistas evitaba definirse como masista o de izquierda, calificándose como “humanista” y prometiendo reducir la burocracia.

Creo que muchos “jailones” votaron por él, porque la burocracia y la corrupción siguen profundamente arraigadas en la atención pública. Lo viví antes y lo volví a vivir ahora, acompañando a mi madre en sus trámites: madrugando para obtener una ficha, esperando horas para un documento que ni siquiera estaba directamente relacionado con su gestión de jubilación. Llegué a las 5 a. m. y ya había personas esperando desde la 1 a. m., y aun así se agotaron las fichas.

Cuando estaba a punto de unirme a quienes ya bloqueaban la calle exigiendo atención, me dijeron que en la Zona Sur atendían más fácilmente. Y era cierto. La Zona Sur es una burbuja dentro de la ciudad de La Paz: tiendas modernas, casas amplias, bares con terrazas y calefacción.

Sus gentes se parecen mucho a las que describe Víctor Jara en una de sus canciones. En Bolivia las llamamos “jailones” (high). Si se les pregunta por su peor pesadilla, narran el trauma de los días posteriores al golpe de 2019 —aunque ellos lo nombren de otra manera—, cuando los alteños bajaron gritando: “¡Ahora sí, guerra civil!”.

Ellos dicen que los alteños, los aymaras, son unos “salvajes resentidos”; otros los llaman “hueso duro de roer”. Los jailones usan palabras como heavy para expresar gravedad y admiran a Europa y su “civilización”, convencidos de que allí las cosas se hacen bien.

Lo que no saben —y yo sí— es que en Europa también hay burocracia y corrupción, y que muchas veces la gente paga un “extra” para acelerar sus trámites. ¿Seremos nosotros quienes exportamos esa costumbre?

Otro día vi a alguien tirado en el suelo, en una esquina. Parecía muerto. Me acerqué: respiraba. Me sorprendió que nadie más lo hiciera, que nadie se detuviera siquiera a preguntarse lo mismo que yo. Todos pasaban indiferentes, como si no lo vieran. Vi esa escena como vi también a los jailones más altivos que nunca en contraste con la mirada triste y dura —con su coquita en la boca— de quien carga los bultos en el mercado para otros. Por momentos, parece que Bolivia nunca hubiera tenido un presidente indígena ni que hubiese existido un proceso de reivindicación de los pueblos originarios.

Y será que desconocen que, sin embargo, otras formas de organizar la vida, aymaras, ancestrales: el ayni, la minka, el athapi, el waki, el apxata, el yanapanakuy. son prácticas comunitarias que sostienen vínculos donde el sistema ha impuesto competencia. Formas de vida que, incluso hoy, cuestionan las lógicas dominantes y el mismo Marx habría envidiado.

Cuando me preguntan con qué etnia me identifico, respondo: aymara. No por una idea romántica de pertenencia, sino por una herencia menos cómoda: el dolor y lo que le sigue: la rabia. La memoria de lo que fue arrebatado.

Un dolor que no es exclusivo. Lo comparten los descendientes de pueblos esclavizados, quienes han sido expulsados de sus territorios, quienes han visto su historia narrada por otros. Quien lo perdió todo en su tierra palestina lo sabe: no es solo la pérdida material, es el despojo de la dignidad, de la memoria y de las formas de existir, muchas veces negado o contado desde afuera.

Es un dolor que persiste porque ha sido negado. Minimizado. Traducido desde afuera.

Y no, no es un capítulo cerrado.

No dejaremos que lo sea sin reconocimiento ni justicia. Por las buenas o por las malas, si es necesario. Porque mientras los culpables no asuman su responsabilidad, no devuelvan lo arrebatado y nuestras vidas no valgan lo mismo que las vidas “blancas”, no habrá paz.

En mi equipaje traje, entre otras cosas, un método y un diccionario aymara. No sé si aprenderé la lengua como quisiera, pero algo quedó claro: hacía tiempo que no me sentía tan en casa.

Y no era un lugar.

Era la conciencia de pertenecer.



🇬🇧 Globalized dehumanization


That this side of the world has strategically developed an individualistic system, based on consumption as a way of existence—“tell me what you consume and I’ll tell you who you are,” “tell me what brand you use and I’ll tell you which neighborhood you live in”—is not surprising. The screen doesn’t just entertain: it also protects. It prevents us from looking around and realizing we are not alone. Consuming is comfortable.

Even education has been turned into a consumer good: it offers digestible, reassuring narratives, designed not to disturb. In history classes, we speak of “discovered” territories, conquered wealth, the export of religion, science, and civilization. We also speak of pain, yes, but of certain pains: the Holocaust, for example, or the one Hollywood portrays through Vietnam, or the suffering of kings during independence wars. Others hurt less in the dominant narrative. Because suffering seems to acquire universal value only when it is “made in the West.”

No one wants to occupy the place of the villain. If harm was caused, it is better not to name it. To move on as if it did not exist. But it does exist. Colonialism is not a closed chapter, but a continuity. The actors change, not the script. And history—supposedly overcome—keeps repeating itself.

I went back to Bolivia—my home, my land—to see my people. “My,” not in a possessive sense, but as shared belonging. This trip was different. I went with my mother, to accompany her through her paperwork and, perhaps, to get closer to her. Something of that happened. But there was also another realization: returning no longer led to a place waiting for me. That “family core” had shrunk until it disappeared. I knew it, but that did not make it hurt less.

The context was not foreign either. I arrived in the middle of a tense political climate, after presidential elections that left more questions than answers. Before traveling, the news of a plane crash in El Alto—which was carrying money—had already circulated. I didn’t pay much attention until, upon arrival, while paying for my coca tea, a 20-boliviano bill was carefully inspected at the airport: luckily, it was not from the B series.

Later I learned what had happened. After the accident, people rushed to collect the bills falling from the sky. There were deaths, injuries, victims who were not assisted. Social condemnation was immediate: “barbarism,” “greed,” “those people.” What followed was equally predictable: banning the B-series bills and moral punishment. No questions. No attempt to understand. It is easier to judge with a full stomach. A month later, the measure had become routine. The question remained whether anyone would remember its origin.

I looked for spaces for conversation: forums, gatherings, debates. Urgent topics—media transparency, community organization, electoral processes—handled rigorously by well-known voices. But the rooms were almost empty. More than absence of an audience, I sensed a disconnect: partial commitment, politics without a foundation. Perhaps it was just an impression.

On the streets, intensity expressed itself differently. Football mobilized more than any public discussion. The illusion of qualifying for the World Cup, the shared disappointment. There were also protests: unpaid contractors, transport strikes due to adulterated fuel damaging their work tools. Legitimate demands, widely accepted with resignation, like just another inconvenience, without recognizing that they ultimately concern everyone.

The subnational elections arrived against that backdrop: the long-awaited day of going to the polls and exercising a democratic right. I went as an accompanying person, since I am not a resident and therefore cannot vote. Many voters arrived without having decided on their choice, like someone going to the slaughterhouse. There were too many candidates, and the debates were marked by low participation and insults.

In La Paz, the mayoral race was won by a candidate named Dockweiler, whose campaign image was linked to the cable car system (a project promoted during the MAS government). However, in interviews he avoided defining himself as MAS-aligned or left-wing, instead describing himself as a “humanist” and promising to reduce bureaucracy.

I believe many “jailones” voted for him, because bureaucracy and corruption remain deeply rooted in public services. I experienced it before and I experienced it again now, accompanying my mother through administrative procedures: waking up at dawn to get a ticket, waiting hours for a document that wasn’t even directly related to her retirement process. I arrived at 5 a.m. and people had already been waiting since 1 a.m., and even so, the tickets ran out.

When I was about to join those already blocking the street demanding attention, I was told that things were easier in the Southern Zone. And it was true. The Southern Zone is a bubble within the city of La Paz: modern shops, large houses, bars with heated terraces.

Its people resemble those described by Víctor Jara in one of his songs. In Bolivia we call them “jailones” (high society / elite). If you ask them about their worst nightmare, they speak of the trauma of the days after the 2019 coup—although they name it differently—when people from El Alto came down shouting: “Now yes, civil war!”

They say that the people from El Alto, the Aymara, are “resentful savages”; others call them “tough nuts to crack.” The jailones use words like “heavy” to express seriousness and admire Europe and its “civilization,” convinced that things are done properly there.

What they do not know—and I do—is that in Europe there is also bureaucracy and corruption, and that many times people pay an “extra” fee to speed up their procedures. Are we the ones exporting that custom?

Another day I saw someone lying on the ground, in a corner. He looked dead. I approached: he was breathing. I was surprised that no one else did, that no one stopped even to ask themselves the same question I did. Everyone passed by indifferently, as if they did not see him.

I saw that scene as I also saw the most arrogant jailones, contrasted with the sad and hardened gaze—coque leaf in mouth—of those who carry goods in the market for others. At times, it seems as if Bolivia had never had an Indigenous president or any process of recognition of Indigenous peoples.

And perhaps they do not know that there are other ways of organizing life Aymara ancestral: ayni, minka, athapi, waki, apxata, yanapanakuy. These are community practices that sustain bonds where the system has imposed competition. Ways of life that, even today, question dominant logics—and which even Marx might have envied.

When asked which ethnicity I identify with, I answer: Aymara. Not out of a romantic idea of belonging, but out of a less comfortable inheritance: pain and what follows it—anger. The memory of what was taken. A pain that is not exclusive. It is shared by the descendants of enslaved peoples, by those who have been expelled from their territories, by those whose history has been told by others. Those who lost everything in their Palestinian land know it: it is not only material loss, but the stripping away of dignity, memory, and ways of existing—often denied or narrated from the outside. It is a pain that persists because it has been denied. Minimized. Translated from elsewhere. 

And no, it is not a closed chapter. We will not allow it to be one without recognition and justice. By peaceful means or by force, if necessary. 

Because as long as those responsible do not take accountability, do not return what was taken, and our lives are not valued equally to “white” lives, there will be no peace.

In my luggage I brought, among other things, a method and an Aymara dictionary. I don’t know if I will learn the language as I would like, but one thing became clear: I had not felt so at home in a long time. And it was not a place. It was the awareness of belonging.



🇳🇱 Geglobaliseerde ontmenselijking


Dat deze kant van de wereld strategisch een individualistisch systeem heeft ontwikkeld, gebaseerd op consumptie als manier van bestaan—“zeg me wat je consumeert en ik zal je zeggen wie je bent”, “zeg me welk merk je gebruikt en ik zal je zeggen in welke buurt je woont”—is niet verrassend. Het scherm vermaakt niet alleen: het beschermt ook. Het voorkomt dat we om ons heen kijken en beseffen dat we niet alleen zijn. Consumeren is comfortabel.

Zelfs onderwijs is veranderd in een consumptiegoed: het biedt verteerbare, geruststellende verhalen, ontworpen om niet te verstoren. In de geschiedenislessen spreken we over “ontdekte” gebieden, veroverde rijkdommen, de export van religie, wetenschap en beschaving. We spreken ook over pijn, ja, maar over bepaalde soorten pijn: de Holocaust bijvoorbeeld, of die welke Hollywood toont via Vietnam, of het leed van koningen tijdens onafhankelijkheidsoorlogen. Andere vormen van pijn doen minder in het dominante verhaal. Want lijden lijkt alleen universele waarde te krijgen wanneer het “made in the West” is.

Niemand wil de plaats van de slechterik innemen. Als er schade is aangericht, is het beter die niet te benoemen. Verdergaan alsof het niet bestaat. Maar het bestaat wel. Kolonialisme is geen afgesloten hoofdstuk, maar een voortzetting. De acteurs veranderen, niet het script. En de geschiedenis—die zogenaamd voorbij is—blijft zich herhalen.

Ik keerde terug naar Bolivia—mijn thuis, mijn land—om mijn mensen te zien. “Mijn” niet in bezittelijke zin, maar als gedeeld behoren. Deze reis was anders. Ik ging met mijn moeder mee, om haar te begeleiden bij haar administratieve zaken en misschien om dichter bij haar te komen. Iets daarvan gebeurde. Maar er was ook een andere vaststelling: terugkeren leidde niet langer naar een plek die op mij wachtte. Die “familiale kern” was steeds kleiner geworden tot ze verdween.

De context was ook niet vreemd. Ik kwam aan in een gespannen politiek klimaat, na presidentsverkiezingen die meer vragen dan antwoorden achterlieten. Voor mijn reis had het nieuws over een vliegtuigcrash in El Alto—dat geld vervoerde—al de ronde gedaan. Ik besteedde er weinig aandacht aan totdat bij aankomst, terwijl ik mijn cocathee betaalde, een biljet van 20 bolivianos op de luchthaven zorgvuldig werd gecontroleerd: gelukkig was het geen serie B.

Later hoorde ik wat er gebeurd was. Na het ongeluk renden mensen om de biljetten op te rapen die uit de lucht vielen. Er waren doden, gewonden, slachtoffers die niet geholpen werden. De maatschappelijke veroordeling was onmiddellijk: “barbarij”, “gierigheid”, “dat soort mensen”. Wat volgde was voorspelbaar: verbod op de B-serie biljetten en morele sanctie. Geen vragen. Geen poging tot begrip.

Ik zocht plekken voor gesprek: fora, bijeenkomsten, debatten. Urgente thema’s—media-transparantie, gemeenschapsorganisatie, verkiezingsprocessen—met ernst behandeld door bekende stemmen. Maar de zalen waren bijna leeg. Meer dan afwezigheid van publiek voelde ik een ontkoppeling: half engagement, politiek zonder basis.

Op straat uitte intensiteit zich anders. Voetbal mobiliseerde meer dan welk publiek debat ook. De droom om het WK te halen, de gedeelde teleurstelling. Ook waren er protesten: onbetaalde aannemers, blokkades van transporteurs door vervalste brandstof die hun werkmiddelen beschadigt. Legitieme eisen, door de meerderheid gelaten aanvaard als een ongemak.

De subnationale verkiezingen kwamen in die context: de langverwachte dag om naar de stembus te gaan en een democratisch recht uit te oefenen. Ik ging mee als kijker, omdat ik geen inwoner ben en dus niet kan stemmen. Veel kiezers kwamen zonder hun stem al bepaald te hebben, alsof ze naar het slachthuis gingen. Er waren te veel kandidaten en de debatten werden gekenmerkt door lage deelname en beledigingen.

In La Paz won de burgemeestersverkiezing een kandidaat met de achternaam Dockweiler, wiens campagnebeeld verbonden was met het kabelbaansysteem (een project dat werd gepromoot en werkelijk gemaakt is tijdens de regering van MAS). In interviews vermeed hij zich echter te definiëren als MAS-gezind of links, en noemde hij zichzelf een “humanist” die de bureaucratie wilde verminderen.

Ik denk dat veel “jailones” op hem hebben gestemd, omdat bureaucratie en corruptie nog steeds diep verankerd zijn in de openbare dienstverlening. Ik heb het eerder meegemaakt en nu opnieuw, terwijl ik mijn moeder begeleidde bij administratieve procedures: heel vroeg opstaan om een nummer te krijgen, uren wachten voor een document dat niet eens direct met haar pensioenaanvraag te maken had. Ik kwam om 5 uur ’s ochtends aan en mensen stonden er al sinds 1 uur ’s nachts, en toch waren de nummers op.

Toen ik op het punt stond me aan te sluiten bij degenen die al de straat blokkeerden om aandacht te eisen, kreeg ik te horen dat het in de zuidelijke zone makkelijker ging. En dat klopte. De zuidelijke zone is een soort bubbel binnen de stad La Paz: moderne winkels, grote huizen, bars met verwarmde terrassen.

De mensen daar lijken sterk op degenen die Víctor Jara in een van zijn liedjes beschrijft. In Bolivia noemen we hen “jailones” (elite / high society). Als je hen vraagt naar hun ergste nachtmerrie, vertellen ze over het trauma van de dagen na de staatsgreep van 2019—al noemen zij het anders—toen mensen uit El Alto naar beneden kwamen schreeuwend: “Nu wel, burgeroorlog!”

Zij zeggen dat de mensen uit El Alto, de Aymara, “verbitterde wilden” zijn; anderen noemen hen “taaie tegenstanders.” De jailones gebruiken woorden als “heavy” om ernst uit te drukken en bewonderen Europa en zijn “beschaving”, ervan overtuigd dat dingen daar goed geregeld zijn.

Wat zij niet weten—anders dan ik—is dat er ook in Europa bureaucratie en corruptie bestaan, en dat mensen vaak een “extra” betalen om procedures te versnellen. Zijn wij degenen die die gewoonte exporteren?

Op een andere dag zag ik iemand op de grond liggen, in een hoek. Hij leek dood. Ik ging dichterbij: hij ademde. Het verbaasde me dat niemand anders dat deed, dat niemand stopte om zich hetzelfde af te vragen als ik. Iedereen liep onverschillig voorbij, alsof ze hem niet zagen.

Ik zag die scène zoals ik ook de meest arrogante jailones zag, in tegenstelling met de verdrietige en harde blik—met cocablad in de mond—van iemand die op de markt goederen voor anderen draagt. Soms lijkt het alsof Bolivia nooit een inheemse president heeft gehad of een proces van erkenning van inheemse volkeren.

En misschien weten ze niet dat er andere manieren zijn om het leven te organiseren, voorouderlijke Aymara: ayni, minka, athapi, waki, apxata, yanapanakuy. Gemeenschapspraktijken die banden in stand houden waar het systeem competitie heeft opgelegd. Levensvormen die, zelfs vandaag, de dominante logica’s in vraag stellen—en waar zelfs Marx jaloers op zou zijn.

Wanneer mij gevraagd wordt met welke etniciteit ik mij identificeer, antwoord ik: Aymara. Niet vanuit een romantisch idee van identiteit, maar vanuit een minder comfortabele erfenis: pijn en wat daarop volgt—woede. De herinnering aan wat is afgenomen. Een pijn die niet exclusief is. Ze wordt gedeeld door afstammelingen van tot slaaf gemaakte volkeren, door mensen die uit hun territoria zijn verdreven, door mensen van wie de geschiedenis door anderen is verteld. Wie alles verloor in zijn Palestijnse land weet het: het is niet alleen materieel verlies, maar het ontnemen van waardigheid, herinnering en bestaansvormen—vaak ontkend of van buitenaf verteld. Het is een pijn die blijft bestaan omdat ze is ontkend. Geminimaliseerd. Van buitenaf vertaald. 

En nee, dit is geen afgesloten hoofdstuk. We zullen niet toestaan dat het dat wordt zonder erkenning en rechtvaardigheid. Desnoods met zachte of harde middelen, als het moet. Want zolang de verantwoordelijken geen verantwoordelijkheid nemen, niet teruggeven wat is afgenomen en onze levens niet gelijkwaardig zijn aan “witte” levens, zal er geen vrede zijn.

In mijn bagage bracht ik onder andere een methode en een Aymara-woordenboek mee. Ik weet niet of ik de taal zal leren zoals ik zou willen, maar één ding werd duidelijk: ik heb me lange tijd niet zo thuis gevoeld. En het was geen plek. Het was het besef van behoren.


🇵🇹 Desumanização globalizada


Que este lado do mundo tenha desenvolvido estrategicamente um sistema individualista, baseado no consumo como forma de existência—“diga-me o que consomes e dir-te-ei quem és”, “diga-me que marca usas e dir-te-ei em que bairro vives”—não surpreende. A tela não apenas entretém: também protege. Evita que olhemos ao redor e percebamos que não estamos sozinhos. Consumir é confortável.

Até a educação se transformou num bem de consumo: oferece narrativas digeríveis, tranquilizadoras, pensadas para não incomodar. Nas aulas de história fala-se de territórios “descobertos”, riquezas conquistadas, exportação de religião, ciência e civilização. Fala-se também da dor, sim, mas de certas dores: o Holocausto, por exemplo, ou aquele que Hollywood expõe através do Vietname, ou o sofrimento dos reis nas guerras de independência. Outras dores têm menos valor na narrativa dominante. Porque o sofrimento só parece adquirir valor universal quando é “made in West”.

Ninguém quer ocupar o lugar do vilão. Se houve dano, é melhor não o nomear. Seguir em frente como se não existisse. Mas existe. O colonialismo não é um capítulo encerrado, mas uma continuidade. Mudam os atores, não o guião. E a história—supostamente superada—insiste em repetir-se.

Voltei à Bolívia—minha casa, minha terra—para ver o meu povo. “Meu”, não no sentido possessivo, mas como pertença partilhada. Esta viagem foi diferente. Fui com a minha mãe, para a acompanhar nos seus trâmites e, talvez, para me aproximar dela. Algo disso aconteceu. Mas houve também outra constatação: o regresso já não levava a um lugar que me esperava.

O contexto também não era alheio. Cheguei num clima político tenso, após eleições presidenciais que deixaram mais perguntas do que respostas. Antes da viagem, já circulava a notícia da queda de um avião em El Alto—que transportava dinheiro. Só lhe dei atenção quando, ao chegar, ao pagar o meu chá de coca, um bilhete de 20 bolivianos foi cuidadosamente verificado no aeroporto: felizmente não era da série B.

Depois soube o que aconteceu. Após o acidente, as pessoas correram para apanhar os bilhetes que caíam do céu. Houve mortos, feridos, vítimas que não foram socorridas. A condenação social foi imediata: “barbárie”, “ganância”, “essas pessoas”. O que se seguiu foi previsível: proibição dos bilhetes da série B e sanção moral. Nenhuma pergunta. Nenhuma tentativa de compreensão.

Procurei espaços de conversa: fóruns, encontros, debates. Temas urgentes—transparência dos meios de comunicação, organização comunitária, processos eleitorais—tratados com rigor por vozes reconhecidas. Mas as salas estavam quase vazias.

Na rua, a intensidade manifestava-se de outra forma. O futebol mobilizava mais do que qualquer debate público. A ilusão de qualificação para o Mundial, a frustração partilhada. Também houve protestos: empreiteiros sem pagamento, bloqueios de transportadores por combustível adulterado que danifica as suas ferramentas de trabalho.

As eleições subnacionais chegaram nesse contexto: o dia tão esperado de ir às urnas e exercer um direito democrático. Eu fui como acompanhante, já que não sou residente e, portanto, não posso votar. Muitos eleitores chegaram sem ter decidido o voto, como quem vai para o matadouro. Havia demasiados candidatos, e os debates foram marcados por baixa participação e insultos.

Em La Paz, venceu a eleição para prefeito um candidato de sobrenome Dockweiler, cuja imagem de campanha estava ligada ao sistema de teleférico (projeto impulsionado durante o governo do MAS). No entanto, em entrevistas ele evitava se definir como masista ou de esquerda, chamando-se de “humanista” e prometendo reduzir a burocracia.

Acredito que muitos “jailones” votaram nele, porque a burocracia e a corrupção continuam profundamente enraizadas no serviço público. Eu já tinha vivido isso antes e voltei a vivê-lo agora, acompanhando minha mãe em trâmites administrativos: acordar de madrugada para conseguir uma ficha, esperar horas por um documento que nem sequer estava diretamente ligado ao processo de aposentadoria dela. Cheguei às 5 da manhã e já havia pessoas esperando desde a 1 da manhã, e ainda assim as fichas se esgotaram.

Quando estava prestes a me juntar aos que já bloqueavam a rua exigindo atendimento, disseram-me que na Zona Sul era mais fácil ser atendido. E era verdade. A Zona Sul é uma bolha dentro da cidade de La Paz: lojas modernas, casas grandes, bares com terraços aquecidos.

As pessoas dali se parecem muito com aquelas descritas por Víctor Jara em uma de suas músicas. Na Bolívia, chamamos essas pessoas de “jailones” (alta classe/elite). Se você pergunta qual é o seu pior pesadelo, eles falam do trauma dos dias após o golpe de 2019—embora o nomeiem de outra forma—quando os habitantes de El Alto desciam gritando: “Agora sim, guerra civil!”

Eles dizem que os de El Alto, os aimaras, são “selvagens ressentidos”; outros os chamam de “osso duro de roer.” Os jailones usam palavras como “heavy” para expressar gravidade e admiram a Europa e sua “civilização”, convencidos de que lá as coisas funcionam bem.

O que eles não sabem—e eu sei—é que na Europa também há burocracia e corrupção, e que muitas vezes as pessoas pagam um “extra” para acelerar seus trâmites. Seremos nós que estamos exportando esse costume?

Em outro dia, vi alguém caído no chão, em uma esquina. Parecia morto. Me aproximei: ele respirava. Me surpreendeu que ninguém mais o fizesse, que ninguém parasse sequer para se perguntar o mesmo que eu. Todos passavam indiferentes, como se não o vissem.

Vi aquela cena como também vi os jailones mais arrogantes de todos, em contraste com o olhar triste e duro—com a folha de coca na boca—de quem carrega sacos no mercado para os outros. Às vezes, parece que a Bolívia nunca teve um presidente indígena nem passou por um processo de reconhecimento dos povos originários.

E talvez não saibam que existem outras formas de organizar a vida aymaras ancestrais: ayni, minka, athapi, waki, apxata, yanapanakuy. Práticas comunitárias que sustentam vínculos onde o sistema impôs competição. Formas de vida que, ainda hoje, questionam as lógicas dominantes—e que até Marx teria invejado.

Quando me perguntam com que etnia me identifico, respondo: aymara. Não por romantização, mas por uma herança desconfortável: a dor e o que vem depois dela—raiva. A memória do que foi retirado.

Uma dor que não é exclusiva. É partilhada pelos descendentes de povos escravizados, por aqueles que foram expulsos dos seus territórios, por aqueles cuja história foi contada por outros. Quem perdeu tudo na sua terra palestiniana sabe: não é apenas uma perda material, mas o despojamento da dignidade, da memória e das formas de existir—muitas vezes negado ou narrado a partir de fora. É uma dor que persiste porque foi negada. Minorizada. Traduzida de fora. 

E não, não é um capítulo encerrado. Não deixaremos que o seja sem reconhecimento e justiça. Por bem ou por mal, se necessário. Porque enquanto os responsáveis não assumirem a sua responsabilidade, não devolverem o que foi tirado e as nossas vidas não tiverem o mesmo valor que vidas “brancas”, não haverá paz.

Na minha bagagem trouxe, entre outras coisas, um método e um dicionário aymara. Não sei se vou aprender a língua como gostaria, mas uma coisa ficou clara: fazia muito tempo que não me sentia tão em casa. E não era um lugar. Era a consciência de pertença.


sábado, 14 de febrero de 2026

SOMOS FIDEL

En Marinaleda con Katarina Kuzmanovic, hermana de lucha
En Marinaleda con Katarina Kuzmanovic, hermana de lucha

Gracias a un encargo de mi querida amiga y reconocida escritora Elsa Vega, quien hace dos semanas me pidió que le enviara mi opinión sobre Fidel para incorporarla en uno de sus trabajos, he descubierto con agrado lo que a continuación describo. Es una síntesis necesariamente incompleta, porque el lenguaje, a veces, no alcanza.

Para mí, Fidel era la voz clandestina de Silvio en mi casa, mientras una niña de tres años corría gritando o cantando al unísono “libertad”, en un tiempo en que, en mi país —Bolivia—, esa palabra, esa canción y hasta esa forma de pensar estaban prohibidas por la dictadura.
Esa niña era yo. Años más tarde conocí Cuba, a Fidel y al Che a través de los ojos de mi tío, que acababa de regresar de la isla y traía consigo historias de niños que iban a la escuela y eran felices porque podían hacerlo, porque no tenían que trabajar para sobrevivir al hambre, como ocurría en mi país. Fidel era, para mí, ese mundo maravilloso y posible del que me hablaba mi tío.

Fidel es también mi sueño —y casi me atrevo a decir que un sueño colectivo—, el de los pueblos del mundo que desean pensar y decidir su destino sin pedirle permiso a nadie; de quienes saben lo que significan la justicia humana y la lucha constante. Es el sueño de que, algún día, el ejemplo de la Revolución cubana se expanda por el mundo y llegue también a nuestra casa, porque ese día habremos aprendido a respetarnos entre los pueblos y a trabajar juntos para avanzar hacia un mundo más soberano, más humano y más solidario.

Porque Fidel es un ser humano, como tú y como yo, que junto a un puñado de hombres y mujeres —también como tú y como yo— hizo una revolución. Gracias a esa revolución heredé de mi tío el amor por esa isla y por toda la humanidad.
Porque Fidel, un ser humano como nosotros, es la prueba de que un mundo mejor es posible.


🇬🇧 WE ARE FIDEL

Thanks to a request from my dear friend and renowned writer Elsa Vega, who two weeks ago asked me to send her my thoughts about Fidel to include in one of her works, I have gladly discovered what I describe below. It is an inevitably incomplete synthesis, because language sometimes falls short.

For me, Fidel was the clandestine voice of Silvio in my home, while a three-year-old girl ran about shouting or singing in unison the word “freedom,” at a time when, in my country—Bolivia—that word, that song, and even that way of thinking were forbidden by dictatorship.
That girl was me. Years later, I came to know Cuba, Fidel, and Che through the eyes of my uncle, who had just returned from the island carrying stories of children who went to school and were happy because they could do so, because they did not have to work to survive hunger, as happened in my country. Fidel was, to me, that marvelous and possible world my uncle spoke of.

Fidel is also my dream—and I would almost dare to call it a collective one—the dream of people across the world who wish to think and decide their destiny without asking anyone’s permission; people who understand what human justice and constant struggle mean. It is the dream that one day the example of the Cuban Revolution will spread across the world and reach our own home, because on that day we will have learned to respect one another among nations and to work together toward a more sovereign, more humane, and more compassionate world.

Because Fidel is a human being, like you and me, who together with a handful of men and women—also like you and me—made a revolution. Thanks to that revolution, I inherited from my uncle a love for that island and for all humanity.
Because Fidel, a human being like us, is proof that a better world is possible.


🇳🇱 WIJ ZIJN FIDEL

Dankzij een verzoek van mijn dierbare vriendin en gerenommeerde schrijfster Elsa Vega, die mij twee weken geleden vroeg haar mijn mening over Fidel te sturen om die in een van haar werken op te nemen, heb ik met vreugde ontdekt wat ik hieronder beschrijf. Het is onvermijdelijk een onvolledige samenvatting, omdat taal soms tekortschiet.

Voor mij was Fidel de clandestiene stem van Silvio in mijn huis, terwijl een meisje van drie jaar rondrende en tegelijk “vrijheid” riep of zong, in een tijd waarin in mijn land —Bolivia— dat woord, dat lied en zelfs die manier van denken door de dictatuur verboden waren.
Dat meisje was ik. Jaren later leerde ik Cuba, Fidel en Che kennen door de ogen van mijn oom, die net van het eiland was teruggekeerd en verhalen meebracht over kinderen die naar school gingen en gelukkig waren omdat ze dat konden doen, omdat ze niet hoefden te werken om hun honger te stillen, zoals in mijn land. Fidel was voor mij die wonderlijke, maar mogelijke wereld waarover mijn oom vertelde.

Fidel is ook mijn droom —en ik durf bijna te zeggen: een collectieve droom—, de droom van volkeren overal ter wereld die willen denken en hun eigen lot bepalen zonder iemand om toestemming te vragen; mensen die weten wat menselijke rechtvaardigheid en voortdurende strijd betekenen. Het is de droom dat het voorbeeld van de Cubaanse Revolutie zich ooit over de wereld zal verspreiden en ook ons huis zal bereiken, want op die dag zullen wij hebben geleerd elkaar te respecteren en samen te werken aan een meer soevereine, menselijkere en solidaire wereld.

Want Fidel is een mens, zoals jij en ik, die samen met een handvol mannen en vrouwen —ook zoals jij en ik— een revolutie heeft gemaakt. Dankzij die revolutie erfde ik van mijn oom de liefde voor dat eiland en voor de hele mensheid.
Want Fidel, een mens zoals wij, is het bewijs dat een betere wereld mogelijk is.


🇵🇹 SOMOS FIDEL

Graças a um pedido de minha querida amiga e reconhecida escritora Elsa Vega, que há duas semanas me solicitou que lhe enviasse minha opinião sobre Fidel para incorporá-la em um de seus trabalhos, descobri com alegria o que descrevo a seguir. Trata-se de uma síntese necessariamente incompleta, porque a linguagem às vezes não é suficiente.

Para mim, Fidel era a voz clandestina de Silvio em minha casa, enquanto uma menina de três anos corria gritando ou cantando em uníssono “liberdade”, num tempo em que, em meu país —Bolívia—, essa palavra, essa canção e até essa forma de pensar eram proibidas pela ditadura.
Essa menina era eu. Anos depois, conheci Cuba, Fidel e Che através dos olhos de meu tio, que acabara de voltar da ilha trazendo histórias de crianças que iam à escola e eram felizes porque podiam fazê-lo, porque não precisavam trabalhar para sobreviver à fome, como acontecia em meu país. Fidel era, para mim, aquele mundo maravilhoso e possível de que meu tio falava.

Fidel é também o meu sonho —e quase me atrevo a dizer que é um sonho coletivo—, o sonho dos povos do mundo que desejam pensar e decidir seu destino sem pedir permissão a ninguém; que sabem o que significam a justiça humana e a luta constante. É o sonho de que, um dia, o exemplo da Revolução Cubana se espalhe pelo mundo e chegue também à nossa casa, porque nesse dia teremos aprendido a respeitar-nos entre os povos e a trabalhar juntos para avançar rumo a um mundo mais soberano, mais humano e mais solidário.

Porque Fidel é um ser humano, como você e eu, que junto com um punhado de homens e mulheres —também como você e eu— fez uma revolução. Graças a essa revolução herdei de meu tio o amor por aquela ilha e por toda a humanidade.

Porque Fidel, um ser humano como nós, é a prova de que um mundo melhor é possível. 

viernes, 9 de enero de 2026

LA FUERZA DE LA CAMARADERÍA - La unión como principio, la humanidad como bandera.

Vídeo del 10-01-2025 (a un año de la juramentación)


A lo largo de la historia, la resistencia de los pueblos ha sido una lucha constante. El enemigo es el mismo, y los pueblos siguen dándonos lecciones desde el dolor. No dejan de enseñarnos los principios básicos de la revolución, la liberación y la dignidad. Pero ¿cuánta gente tiene que morir para que, de una vez por todas, aprendamos?

Los recientes mártires, soldados, cubanos y venezolanos, que dieron la vida en defensa del presidente Nicolás Maduro, nos han dejado una clara lección de camaradería: esa que no solo se viste de bandera, sino que la lleva en el corazón, porque su misión es más fuerte. Dar la vida por tu patria es un acto valiente, pero dar la vida por la revolución no solo es de valientes, sino también de sabios: de aquellos que comprendieron que el enemigo es tan grande que solo unidos podremos vencer.

Venezuela y Cuba, dos hermanas que no se rinden, se cuidan mutuamente y se respetan. No se imponen una a la otra, no se pisan ni se opacan, y defienden sus revoluciones, que no son idénticas, pero avanzan en la misma dirección. Basta imaginar lo fuertes que seríamos si los pueblos nos uniéramos bajo los principios que hermanan a Venezuela y Cuba. Gritamos en las calles: “El pueblo unido jamás será vencido”, aunque mi amigo y camarada palestino corregiría diciendo: “Los pueblos unidos jamás serán vencidos”.

Nos han llenado tanto de individualismo, meritocracia y egoísmo que cada intento colectivo muere antes de nacer, por la necesidad de protagonismo de algunos y por la incapacidad de comprender que no son los factores externos ni la línea política lo que realmente nos une. Al contrario, muchas veces eso tiende más a desunir que a unificar. La división es fácil; por eso el poder se concentra en unos pocos.

A una semana del secuestro, la unidad del pueblo venezolano y su compromiso chavista con el gobierno se han convertido en la clave de la supervivencia y la resistencia. Esa unidad —tan temida por quienes buscan fracturarla— ha sido blanco de ataques constantes desde las redes sociales, dirigidos por actores que ya conocemos, que intentan y seguirán intentando quebrarla mediante rumores y campañas de desinformación destinadas a sembrar dudas y a desprestigiar el legado gubernamental del presidente Nicolás Maduro y de la presidenta interina Delcy Rodríguez. Sin embargo, una vez más, el pueblo ha demostrado la sabiduría suficiente para mantenerse unido, incluso frente a la adversidad y a la amenaza permanente.

El día que entendamos que lo que nos une es algo más básico y más sencillo, llamado “humanidad”, habremos dado el primer paso. Mientras no comprendamos que unirnos es hacer de las luchas ajenas nuestra propia lucha, no habrá verdadera revolución. La verdadera revolución es asumir como propia aquella causa que el sistema quiere que veamos como lejana y ajena.

Los soldados cubanos no murieron defendiendo una revolución ajena: defendían su revolución, que es también la nuestra, una revolución sin fronteras ni banderas. Mientras no seamos todos palestinos, venezolanos, cubanos, sudaneses, nigerianos, congoleños —en fin, pueblos unidos— y mientras sigamos dejándonos dividir, no venceremos.


🇳🇱 

De kracht van kameraadschap

Eenheid als principe, menselijkheid als vlag.

Door de geschiedenis heen is het verzet van de volkeren een voortdurende strijd geweest. De vijand is steeds dezelfde, en toch blijven de volkeren ons, door hun pijn heen, lessen geven. Ze blijven ons de basisprincipes van revolutie, bevrijding en waardigheid leren. Maar hoeveel mensen moeten er nog sterven voordat we eindelijk leren?

De recente martelaren — soldaten uit Cuba en Venezuela, die hun leven gaven ter verdediging van president Nicolás Maduro — hebben ons een krachtige les in kameraadschap nagelaten: een kameraadschap die zich niet alleen in vlaggen hult, maar die diep in het hart wordt gedragen, omdat de missie zwaarder weegt dan alles. Je leven geven voor je vaderland is moedig, maar je leven geven voor de revolutie is niet alleen moedig, het is ook wijs. Het zijn de wijzen die begrepen hebben dat de vijand zo groot is dat we hem alleen samen kunnen verslaan.

Venezuela en Cuba, twee zusterlanden die niet opgeven, zorgen voor elkaar en tonen wederzijds respect. Ze dringen elkaar niets op, lopen elkaar niet voor de voeten en overschaduwen elkaar niet. Hun revoluties zijn niet identiek, maar ze gaan wel dezelfde kant op. Stel je eens voor hoe sterk we zouden zijn als de volkeren zich zouden verenigen rond de waarden die Venezuela en Cuba verbinden. Op straat roepen we: “El pueblo unido jamás será vencido”, maar mijn Palestijnse vriend en kameraad zou zeggen: “De volkeren verenigd zullen nooit worden verslagen.”

We zijn zo doordrenkt geraakt van individualisme, meritocratie en egoïsme dat elke gezamenlijke poging sterft voordat ze goed en wel begint — door de drang naar persoonlijke glorie bij sommigen en het onvermogen om te begrijpen dat het niet externe factoren of politieke lijnen zijn die ons werkelijk verbinden. Integendeel, vaak verdelen ze ons meer dan dat ze ons verenigen. Verdeeldheid is makkelijk; daarom concentreert de macht zich in handen van enkelen.

Een week na de ontvoering is de eenheid van het Venezolaanse volk en zijn chavistische betrokkenheid bij de regering uitgegroeid tot de sleutel van overleving en verzet. Die eenheid — zo gevreesd door wie haar wil breken — ligt onder vuur via sociale media, aangestuurd door bekende actoren die haar proberen te ondermijnen met geruchten en desinformatiecampagnes om twijfel te zaaien en het regeringsnalatenschap van president Nicolás Maduro en waarnemend president Delcy Rodríguez in diskrediet te brengen. Toch heeft het volk opnieuw de wijsheid getoond om eensgezind te blijven, zelfs tegenover tegenspoed en voortdurende dreiging.

De dag dat we begrijpen dat wat ons bindt iets eenvoudigs en fundamenteels is — iets dat “menselijkheid” heet — zetten we een beslissende stap. Zolang we niet inzien dat eenheid betekent dat we de strijd van anderen tot de onze maken, zal er geen echte revolutie zijn. De echte revolutie is die zaak omarmen die het systeem ons wil doen zien als ver weg en niet de onze.

De Cubaanse soldaten stierven niet voor een vreemde revolutie. Ze verdedigden hún revolutie — die ook de onze is — een revolutie zonder grenzen en zonder vlaggen. Zolang we niet allemaal Palestijnen, Venezolanen, Cubanen, Soedanezen, Nigerianen en Congolezen zijn — met andere woorden, één verenigd volk — en zolang we ons laten verdelen, zullen we niet winnen.


🇬🇧 

The Strength of Comradeship

Unity as a principle, humanity as our banner.

Throughout history, the resistance of peoples has been a constant struggle. The enemy remains the same, and yet nations keep teaching us lessons through pain. They never stop reminding us of the basic principles of revolution, liberation, and dignity. But how many more people have to die before we finally learn?

The recent martyrs — soldiers from Cuba and Venezuela, who gave their lives defending President Nicolás Maduro — have left us a powerful lesson in comradeship: a bond that doesn’t just wave a flag, but carries it in the heart, because the mission matters more than anything else. Giving your life for your country is brave, but giving your life for the revolution is not only brave — it is wise. Wise are those who understood that the enemy is so vast that only unity can defeat it.

Venezuela and Cuba, two sister nations that refuse to give up, look after one another and treat each other with respect. They don’t impose themselves, they don’t trample over each other, and they don’t overshadow one another. Their revolutions are not identical, but they move in the same direction. Just imagine how strong we would be if peoples stood together under the values that bind Venezuela and Cuba. In the streets we chant, “The people united will never be defeated,” but my Palestinian friend and comrade would correct us and say, “Peoples united will never be defeated.”

We have been so saturated with individualism, meritocracy, and selfishness that every collective effort dies before it even begins — crushed by some people’s hunger for the spotlight and by the failure to understand that what truly unites us is not political lines or external factors. In fact, those often divide us more than they unite us. Division is easy; that’s why power ends up in the hands of a few.

One week after the kidnapping, the unity of the Venezuelan people and their chavista commitment to the government has become the key to survival and resistance. That unity — so feared by those who seek to fracture it — has been under constant attack through social media, driven by actors we already know, who try and will keep trying to undermine it with rumors and disinformation campaigns aimed at sowing doubt and discrediting the governmental legacy of President Nicolás Maduro and interim President Delcy Rodríguez. Yet once again, the people have shown the wisdom to remain united, even in the face of adversity and constant threat.

The day we understand that what binds us is something simpler and more fundamental — something called “humanity” — we will have taken a decisive step forward. As long as we don’t realize that unity means making other people’s struggles our own, there will be no real revolution. The real revolution is claiming as ours the causes the system wants us to see as distant and чуж ours.

Cuban soldiers did not die defending someone else’s revolution. They defended their own — which is also ours — a revolution without borders or flags. As long as we are not all Palestinians, Venezuelans, Cubans, Sudanese, Nigerians, Congolese — in short, one united people — and as long as we allow ourselves to be divided, we will not prevail.


🇵🇹 

A força da camaradagem

A união como princípio, a humanidade como bandeira.

Ao longo da história, a resistência dos povos tem sido uma luta constante. O inimigo é sempre o mesmo, e ainda assim os povos continuam a nos dar lições através da dor. Não deixam de nos ensinar os princípios básicos da revolução, da libertação e da dignidade. Mas quantas pessoas ainda precisam morrer para que, de uma vez por todas, aprendamos?

Os mártires recentes — soldadoscubanos e venezuelanos que deram a vida em defesa do presidente Nicolás Maduro — deixaram-nos uma grande lição de companheirismo: aquele que não se limita a vestir a bandeira, mas a carrega no coração, porque a missão fala mais alto. Dar a vida pela pátria é um ato de coragem, mas dar a vida pela revolução não é apenas coragem — é também sabedoria. Sabedoria daqueles que entenderam que o inimigo é tão grande que só unidos podemos vencê-lo.

Venezuela e Cuba, duas irmãs que não se rendem, cuidam uma da outra e se respeitam. Não se impõem, não se atropelam e não se ofuscam. Suas revoluções não são iguais, mas caminham na mesma direção. Basta imaginar o quão fortes seríamos se os povos se unissem em torno dos valores que aproximam Venezuela e Cuba. Nas ruas gritamos: “O povo unido jamais será vencido”, mas meu amigo e camarada palestino corrigiria: “Os povos unidos jamais serão vencidos.”

Fomos tão tomados pelo individualismo, pela meritocracia e pelo egoísmo que toda tentativa coletiva morre antes de nascer — sufocada pela sede de protagonismo de alguns e pela incapacidade de compreender que não são os fatores externos nem as linhas políticas que realmente nos unem. Pelo contrário, muitas vezes isso divide mais do que une. Dividir é fácil; por isso o poder acaba concentrado nas mãos de poucos.

Uma semana após o sequestro, a unidade do povo venezuelano e seu compromisso chavista com o governo tornaram-se a chave da sobrevivência e da resistência. Essa unidade — tão temida por aqueles que tentam quebrá-la — tem sido alvo de ataques constantes nas redes sociais, conduzidos por atores que já conhecemos, que buscam enfraquecê-la com boatos e campanhas de desinformação destinadas a semear dúvidas e a desacreditar o legado governamental do presidente Nicolás Maduro e da presidente interina Delcy Rodríguez. Ainda assim, mais uma vez, o povo demonstrou sabedoria suficiente para permanecer unido, mesmo diante da adversidade e da ameaça constante.

O dia em que entendermos que o que nos une é algo mais simples e mais profundo — algo chamado “humanidade” — teremos dado um passo decisivo. Enquanto não compreendermos que unir-se é transformar a luta do outro na nossa própria luta, não haverá verdadeira revolução. A verdadeira revolução é assumir como nossa aquela causa que o sistema quer que vejamos como distante e alheia.

Os soldados cubanos não morreram defendendo uma revolução estrangeira. Defenderam a sua revolução — que também é a nossa — uma revolução sem fronteiras e sem bandeiras. Enquanto não formos todos palestinos, venezuelanos, cubanos, sudaneses, nigerianos, congoleses — enfim, povos unidos — e enquanto continuarmos a nos deixar dividir, não venceremos.

jueves, 25 de diciembre de 2025

Noche sin paz


Quien me conoce mínimamente o incluso mejor, sabe que cada año intento esquivar, sin demasiada elegancia, estas fechas. No me gustan, y casi nadie desconoce, aunque sea vagamente, los motivos. Pero este año decidí ofrecer una aclaración, no por obligación, sino por el respeto que le tengo a la gente que quiero.

La oleada de mensajes en redes y las cenas familiares me obligan a disimular un rechazo que, año tras año, se intensifica. Por eso, y para quienes se entregan sinceramente a la festividad (dejando de lado su trasfondo religioso), no por comodidad sino por necesidad de abstracción, quiero decir algo. Porque no es lo mismo quien se abstrae para expresar afecto con gestos modestos, reunirse y reencontrarse con sus seres amados a pesar de las dificultades y con plena consciencia de la situación mundial, que quien utiliza este momento para afianzar y justificar su egoísmo, exhibiendo poder adquisitivo y transpirando abundancia.

A quienes están en el primer grupo, quiero decirles, antes que nada, que sus muestras de afecto no me son indiferentes. Sé que son sinceras y nacen de las mejores intenciones, para ustedes mi gratitud y retribución. Y quiero aclarar que no es por moda ni por falta de cariño que decido aislarme, sino porque no puedo, ni quiero, cerrar los ojos ni por un momento. Y mientras no haya justicia, mientras no se respete el derecho de cada individuo a existir, no encuentro motivos para festejar.

Con más de un genocidio en curso, con la locura global, el descaro de los verdugos y la indiferencia de las masas, la realidad se me hace insoportable y desesperante. Mi presencia en un círculo festivo no podría ser más que amarga, y a nadie le gusta que se le agüe la celebración.

Por último, quiero decirles que mi mayor deseo es celebrar, con todos, el día en que terminen las injusticias sociales; cuando podamos abrazarnos como iguales y festejar el nacimiento de un mundo nuevo: consciente, justo y libre de mezquindad.

🇬🇧 A Night Without Peace

Anyone who knows me, even just a little, knows that every year I try, not very gracefully, to avoid this season. I don’t enjoy it, and most people already have at least a vague idea of why. But this year I’ve decided to speak up, not because I owe an explanation, but out of respect for the people I care about.

The endless stream of holiday messages and family gatherings forces me to pretend that my discomfort isn’t growing stronger each year. So I want to say this, especially to those who celebrate sincerely, putting aside the religious aspect, and who do it not out of convenience but as a way to hold on to love. Because it’s very different: someone who quietly shows affection, who gathers with loved ones despite hardship and with full awareness of what is happening in the world, is not the same as someone who uses the moment to flaunt, to justify ego, and to measure life through abundance and spending.

To the first group, I want you to know your affection truly reaches me. I know it is sincere and comes from a good place, to you, my gratitude and return of kindness. And I want to make clear that my solitude is not a trend, nor a lack of love: it’s simply that I cannot, and will not, close my eyes. As long as there is no justice, and people are denied the basic right to exist, I find no reason to celebrate.

With more than one genocide happening right now, with a world spiraling into madness, executioners with no shame, and masses that look away, reality becomes unbearable. If I joined a celebration in this state, I would only bring bitterness  and no one deserves to have their joy dampened.

My deepest wish is to celebrate with everyone on the day social injustice ends, the day we can embrace one another as equals and welcome the birth of a new world: awake, fair, and free of selfishness.


🇳🇱 Een Nacht Zonder Vrede

Wie mij ook maar een beetje kent, weet dat ik elk jaar weer, vaak nogal onhandig, probeer deze periode te ontwijken. Ik heb er niets mee, en de meeste mensen weten in grote lijnen wel waarom. Maar dit jaar wil ik het toch uitleggen, niet omdat het moet, maar uit respect voor de mensen om wie ik geef.

De constante stroom aan berichtjes en de familiediners zorgen ervoor dat ik een afkeer moet verbergen die elk jaar sterker wordt. Daarom wil ik iets delen, vooral met degenen die oprecht vieren, los van het religieuze, en die het doen omdat ze behoefte hebben aan verbondenheid. Dat is heel wat anders dan het vieren om jezelf te tonen, om rijkdom uit te stralen of om jezelf te bevestigen.

Aan de eerste groep wil ik zeggen: jullie warmte raakt me echt. Ik weet dat jullie bedoelingen goed zijn, aan jullie, mijn dankbaarheid en wederdienst. En het is niet uit afstand of gebrek aan liefde dat ik me afzonder, maar omdat ik mijn ogen niet kan en niet wil sluiten. Zolang er geen rechtvaardigheid is en niet ieder mens simpelweg mag bestaan, heb ik geen reden om te feesten.

Met meer dan één genocide die gaande is, met de mondiale waanzin, met beulen die zonder schaamte handelen en massa’s die wegkijken, voelt de werkelijkheid ondraaglijk. Aan een feesttafel zou ik alleen maar bitterheid mee brengen en niemand wil dat.

Mijn grootste wens is om ooit samen met iedereen te vieren op de dag dat ongelijkheid eindigt, wanneer we elkaar als gelijken kunnen omarmen en een nieuwe wereld mogen verwelkomen: bewust, rechtvaardig en vrij van kleinzieligheid.


🇵🇹🇧🇷 Noite Sem Paz

Quem me conhece, mesmo que só um pouco, sabe que todo ano eu tento, meio desajeitadamente, escapar dessa época. Eu simplesmente não gosto, e muita gente já tem uma noção dos motivos. Mas, neste ano, eu decidi falar sobre isso, não por obrigação, mas por respeito às pessoas que eu amo.

A enxurrada de mensagens, as reuniões de família… tudo isso me obriga a fingir que meu incômodo não cresce ano após ano. Então, quero dizer algo, principalmente a quem celebra com sinceridade, deixando de lado o aspecto religioso, e que faz isso porque precisa sentir conexão, afeto e presença. É bem diferente de quem transforma esse momento em vitrine, para provar valor, mostrar poder, exibir abundância.

A quem está no primeiro grupo, quero que saibam: o carinho de vocês realmente me toca. Eu reconheço as intenções e sei que são boas, para vocês, minha gratidão e retribuição. E não é por modismo nem falta de amor que eu me recolho, é porque eu não consigo, e não quero, fechar os olhos. Enquanto não houver justiça, enquanto existir gente que sequer tem garantido o direito de existir, eu não encontro um motivo para comemorar.

Com genocídios acontecendo, com o mundo num estado de loucura, com algozes sem vergonha e multidões que escolhem não ver, a realidade se torna sufocante. Estar numa festa, assim, só faria de mim alguém amargo  e ninguém merece ter sua alegria estragada.

Meu maior desejo é poder celebrar com todo mundo no dia em que a injustiça acabar, quando possamos nos abraçar como iguais e comemorar o nascimento de um mundo novo: consciente, justo e sem mesquinhez.


 

VISIBILIDADES

  Mapiripan by Leopoldo Esteban  Académie de dessin et des arts visuels Molenbeek Español English Nederlands Português