Europa tiene una forma particular de crecimiento y desarrollo. La mayoría de su población está convencida de que su progreso se debe a la eficiencia y eficacia de su forma de trabajar. Cuando observan otras realidades, en lugares alejados del Occidente del Norte, se maravillan ante las costumbres "exóticas", dispuestos a probar lo que desconocen. Sin embargo, al notar la pobreza de esos contextos, regresan a casa convencidos de que, aunque en otros lugares se viva con más alegría, sus habitantes no saben hacer las cosas bien, y por eso son pobres.La conciencia histórica en Europa es parcial, y se aprende desde la escuela a través del discurso del vencedor. Un ejemplo evidente es España, donde el Día de la Hispanidad coincide —no por casualidad— con la fecha en que Colón llegó a tierras que posteriormente serían colonizadas. En varias ocasiones discutí con personas de ese país que, con absoluta convicción (aunque sin argumentos), afirmaban que gracias a su llegada a lo que hoy es América, estas tierras "olvidadas" conocieron el desarrollo y la civilización. Según ellos, las guerras de independencia no fueron más que actos salvajes y sanguinarios.
En Bélgica, la población local vivía cómodamente, sin remordimientos, mientras se llevaba a cabo uno de los mayores genocidios de la historia en el Congo. Se les decía que su riqueza era fruto de la conquista, y que para obtenerla no había sido necesario usar “demasiada violencia”. En los Países Bajos, hasta hace poco, se recibía al rey el día de su cumpleaños en una carroza decorada con ilustraciones que mostraban claramente la sumisión de esclavos negros. A pesar de años de debate, se sigue defendiendo la fiesta tradicional en la que un obispo blanco llega en un barco acompañado de sirvientes negros que reparten regalos a los niños. Alegan que "son negros por el hollín de las chimeneas", aunque en la práctica se les ridiculiza constantemente, contrastando con la figura venerada del santo, con su barba y su caballo blancos.
Europa, que aún no ha procesado del todo las huellas del Holocausto nazi, sigue viendo a Estados Unidos como su gran héroe, ignorando que fue la URSS la que más aportó en términos armamentísticos para la liberación. Mientras tanto, consume sin cuestionamientos el discurso hollywoodense, impregnado de un fascismo soterrado. Esta "liberación", por cierto, ha adoptado una forma monstruosa con la imposición del Estado de Israel sobre tierras palestinas.
Ayer, durante la conmemoración de la Nakba, expusimos algunas fotos de niños mutilados. De pronto, alguien pasó tapándose los oídos, pisando las imágenes, pisando el dolor. Un acto simbólico del desprecio sembrado por años de odio fascista.
A pesar de todo, algo de conciencia comienza a emerger. He asistido a reuniones de diversos movimientos sociales, políticos y juveniles que expresan su inconformidad. Aun así, queda mucho por recorrer. En conferencias donde la mayoría de los asistentes son locales, se empieza a reconocer que el desarrollo de Europa es resultado directo del colonialismo. Ese reconocimiento es un gran paso, pero aún falta asumir que ese progreso se construyó sobre el dolor y la vida de otros pueblos.
En una conversación con mi familia —la mayoría de ellos creció aquí, excepto mi madre y yo—, alguien dijo que una de las claves del funcionamiento de esta sociedad es que saben separar las emociones de las acciones. En otra charla, una activista neerlandesa me preguntó por qué soy chavista, siendo boliviana.
El individualismo, en este sistema, se ha vuelto una forma de vida que va en contra de nuestra naturaleza. El ser humano es un animal social, necesitamos los unos de los otros. No se puede iniciar una lucha común desde un discurso excluyente, desde el “yo”, o desde un “nosotros aquí” y “ellos allá”. Si queremos cambios reales, es necesario unirnos. Y para que yo pueda ser parte de las luchas sociales aquí, también debe asumirse mi propia lucha, que es la lucha de todos los pueblos oprimidos. No queremos parches sobre nuestras heridas: queremos que se descubran en nuestro dolor. Solo así podremos caminar juntos.
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