lunes, 29 de junio de 2026

VISIBILIDADES

Cerrando esta semana con muchos puntos suspensivos, puntos por aquí y por allá, porque, si bien este año está marcado por el descaro de la prepotencia imperial, saltándose incluso las reglas visibles para el resto, cuando pensamos que ya no podría sorprendernos más, se evidencia que siempre puede ser peor.

Esta semana estuvo marcada por muchos acontecimientos: el decreto de estado de excepción en Bolivia, que obligó a las movilizaciones a tomarse una tregua; los terremotos en la patria de Chávez y Bolívar y las consecuencias catastróficas que han dejado; y la segunda vuelta colombiana, que convirtió en realidad un resultado largamente temido.

Cada uno de estos hechos merece la debida atención, y no es por una cuestión de urgencia o de importancia que he decidido comenzar por Colombia. Creo que es el país que llevó sobre sus hombros el peso y la responsabilidad de una Latinoamérica frustrada al ver cómo, país tras país, va hundiéndose en manos de la extrema derecha mediante procesos electorales que cumplen un patrón difícil de creer que sea mera coincidencia, incluso para quien conserve dos dedos de frente.

La transición de gobiernos de izquierda hacia otros de derecha o de extrema derecha, se definió, en casi todos los casos, excepto en Honduras, mediante una segunda vuelta electoral. Los partidos que se declaran victoriosos cuentan, todos sin excepción, con el apoyo incondicional del sionismo y han sorprendido todos los pronósticos. Incluso cuando las empresas encuestadoras eran afines a la derecha, los resultados que mostraban eran muy distintos a los que finalmente se anunciaron.

En todos estos casos —me refiero a Ecuador, Perú y Colombia, ya que Bolivia tuvo otro proceso— se han registrado y denunciado irregularidades y presuntos fraudes. En Perú y Colombia, además, los márgenes de diferencia fueron mínimos. Todas estas coincidencias en los procesos electorales de estos países dejan mucho que desear respecto de la transparencia que se supone debe caracterizar a un sistema democrático.

Como vemos, lo ocurrido en las elecciones de Colombia no es un caso aislado. Sin embargo, como ya dije, a ese país le tocó cargar con todo el peso de la esperanza de América del Sur, siendo el único de nuestra región que aún podía librarse de esos tentáculos monstruosos del norte y de sus aliados.

Por muy poco no pudo lograrlo. Pero quiero decirle a ese país y a ese pueblo, que ha sufrido lo indecible bajo la violencia de gobiernos déspotas que desconocían el significado de la paz, el valor de la vida humana y el peso de su propia historia, que ese mismo pueblo un día le dio un voto de confianza al cambio. Fue un voto acertado para un hombre que, pese a las limitaciones, las amenazas y las constantes campañas de desprestigio, supo estar a la altura de enfrentar la hegemonía dominante del mundo, defendiendo la dignidad de su gente y también la de otros pueblos que sufren y padecen bajo el gobierno sionista, reconociendo, como muy pocos se atreven a hacerlo, al Estado palestino y denunciando al Estado de Israel como asesino e ilegal y sobre todo traduciendo sus discursos en hechos.

Ahora que ese mismo pueblo volvía a jugarse su futuro en las urnas, las redes sociales del ala izquierda del mundo se llenaron de advertencias previas a la votación y de reproches posteriores a ella. Sin embargo, pocos mencionan que esa diferencia de menos de un uno por ciento les arrebató los logros de la gestión anterior mediante el mismo juego sucio, en el que los indecisos, previamente manipulados, terminaron dando la victoria a la desmemoria.

Aun así, quienes votaron por Iván Cepeda, esa casi mitad de la población del segundo país más poblado de Sudamérica, una cifra que representa casi el doble de la población total de Bolivia, lo hicieron con conciencia y convicción. Para derrotar esa voluntad, la derecha tuvo que recurrir al chanchullo auspiciado por sus amigos internacionales especialistas en chanchullos. Y, aun así, esa casi mitad salió a defender dignamente su voto, porque en él había compromiso.

Si se les robó el triunfo es porque, acecha un Plan Cóndor actualizado sobre todo nuestro continente. Pero eso no significa que el desenlace sea definitivo. Esa casi mitad de pueblo firme nos mostró que el El Pacto Histórico sigue siendo una fuerza imborrable, un proyecto irreversible que ningún revés electoral podrá borrar de la conciencia de su pueblo. Su causa permanece viva, su esperanza intacta y su regreso es solo cuestión de tiempo. Llegará el día en que vuelva a convertirse en realidad, porque las convicciones no se derrotan con maniobras ni con fraudes. Hasta entonces, sin bajar la guardia, con la cabeza en alto y el puño firme.

¡Hasta la victoria siempre!

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  Mapiripan by Leopoldo Esteban  Académie de dessin et des arts visuels Molenbeek Español English Nederlands Português