miércoles, 25 de junio de 2025

Heridas que hablan, pueblos que resisten (Discurso para la conferencia de la Plataforma Mundial Antiimperialista en contra de la OTAN)



 Heridas que hablan, pueblos que resisten

Por Ana Wijnen

Quiero comenzar dedicando estas palabras a los compañeros mártires; a los hijos que nunca volverán a ver a sus padres, y a los padres que no podrán ver crecer a sus hijos. A quienes lo han perdido todo, menos la esperanza. A los compañeros que, con valentía, han arriesgado sus vidas y agotado sus recursos para brindar el apoyo humanitario que tanto le urge a Palestina. A los pueblos soberanos que han defendido su dignidad aunque eso les haya costado su bienestar y aveces también la vida. Porque no existe discurso que pueda abarcar plenamente el dolor humano… pero sí existe el deber de no olvidarlo.

El 11 de septiembre del año pasado, en Caracas, Venezuela, se fundó la Internacional Antifascista. Nos reunimos allí más de dos mil representantes de alrededor de 120 países, convocados por el entonces recién electo presidente Nicolás Maduro Moros, en un acto de dignidad, soberanía y unidad entre los pueblos.

Y sé que esta fecha —el 11 de septiembre— resuena en muchos. Para algunos evoca la caída de las Torres Gemelas y el ataque al Pentágono en 2001. Pero para otros, también —o sobre todo— resuena la tragedia de Chile, en 1973, cuando el gobierno del presidente Salvador Allende fue derrocado con sangre y fuego por fuerzas al servicio del imperialismo. Como dijo Silvio Rodríguez, “ambos hechos ocurrieron gracias a un odio semejante”. Un odio que teme a la autodeterminación, al pensamiento libre, a la voluntad popular.

Estoy segura de que también resuena en algunos el nombre de Nicolás Maduro, y con él, los prejuicios instalados por las narrativas oficiales que lo presentan como un dictador. Hoy quiero tomar esos dos elementos —la fecha y ese nombre— para cuestionar esos discursos cargados de odio, diseñados para dividirnos.

Lo que ocurrió en Chile en 1973 no fue un hecho aislado. Fue parte de una estrategia continental: el Plan Cóndor, ejecutado bajo las órdenes de las fuerzas de inteligencia imperialistas. Torturas, asesinatos, desapariciones. América Latina entera fue silenciada por el terror.

Hoy, esas mismas fuerzas que antes usaban tanques y golpes de Estado, ahora aplican otra arma más silenciosa pero igual de letal: las sanciones. Castigos económicos impuestos a los países que piensan y actúan por sí mismos, que se niegan a inclinar la cabeza. ¿Quieren datos? Rusia acumula más de 28.500 sanciones; Irán, 2.888; Venezuela, 1.039; Cuba, 243. Y así, una larga lista. ¿El objetivo? Asfixiar, debilitar, someter. No buscan diálogo: buscan rendición.

Y mientras tanto, siguen incluyendo a Cuba en su lista de países “terroristas”, cuando todos sabemos que lo único que Cuba ha exportado al mundo —desde hace décadas— son médicos, no misiles. Brigadas de batas blancas donde otros solo mandan tropas. Pero tras el 11 de septiembre, esa misma maquinaria imperial sembró un odio visceral hacia el islam, un odio cuidadosamente instalado en la conciencia de Occidente, que sirvió de justificación para invadir Irak, Afganistán, Siria… y que hoy repite el mismo libreto con Irán. Es esa misma narrativa de odio, disfrazada de justicia, la que hoy encubre el genocidio en Gaza: una limpieza étnica ejecutada ante los ojos del mundo, transmitida en vivo, sin pudor y sin castigo.

Y no termina ahí. Ese odio se extiende hacia Rusia, una vez más, con el mismo guion. Y no olvidemos a la OTAN, que no solo acompaña, sino que protagoniza muchas de estas agresiones, envolviéndolas en un discurso de defensa y libertad que no es más que la cobertura de una expansión violenta.

Compañeros, esa maquinaria tiene nombres y apellidos. Se llama Occidente. Se llama Unión Europea. Se llama Estados Unidos. Se llama Israel. Y también se llama con otros rostros, con otros socios, que desde el Medio y Lejano Oriente sostienen esa dominación. Las siglas cambian, pero el proyecto es el mismo. Hay que decirlo con claridad: esto es el juego sucio del fascismo global.

Porque es muy fácil decir qué está bien y qué está mal desde una posición cómoda, construida no con esfuerzo ni dignidad, sino con sangre ajena y con siglos de saqueo. Es fácil señalar al que resiste desde un trono de privilegios, sin jamás mirarse al espejo y llamar dictaduras a los países que no se venden, cuando el que juzga no es más que una marioneta de su estado.

Pero los pueblos oprimidos no duermen. Se levantan. Se reconocen entre sí. Se organizan. Recuperan sus raíces, las enseñanzas de sus ancestros. Escriben su historia con sus propias manos.

Nuestros principios no son los del fascismo que odia y destruye. Nuestros principios son el respeto, la empatía, el amor mutuo. Nosotros sumamos, no dividimos. Nuestras voces se unen en una sola, fuerte y clara. Nuestra lucha se inspira en quienes dieron su vida por un mundo más justo: Patrice Lumumba, Ho Chi Minh, Tomás Sankara, Bartolina Sisa, Simón Bolívar, el Che... Y en los pueblos valientes del sur global que saben resistir con dignidad, elegir a sus líderes y defender su soberanía, a pesar de las represiones y las censuras.

La creación de la Internacional Antifascista demuestra que la utopía no es un sueño ingenuo. Es una meta posible. Es el reflejo de que hemos aprendido: que unidos somos invencibles. Que la única forma de enfrentar al fascismo y al imperialismo es juntos. No queremos caridad, queremos solidaridad. No queremos parches, ni que nos guíen como a niños. Queremos caminar con autonomía, hombro a hombro.

En estos tiempos oscuros, la neutralidad es complicidad. Ser neutral es volverse cómplice de los genocidios, de las ocupaciones, de las torturas. Lo que ocurre en Palestina, en Irán, en Siria, en Yemen, en el Congo, en Argentina, en Cuba y en tantos otros territorios arrasados, nos concierne a todos.

¡Hasta la victoria siempre, venceremos!

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

INVISIBILIDADES 2

Español Nederlands English Português